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Las
miradas de los niños y su actividad hicieron volver a las
obras del parque escultórico del Museo Antón de su
ligero letargo. Sus ojos veían barcos, aviones, muñecas
rusas, e incluso las Torres Gemelas, en las obras de Sánchez,
Amador, Camín, José Luís Sánchez...
Una
treintena de niños de los colegios candasinos San Félix
y Poeta Antón participaron ayer en la primera edición
de Arte para los Niños. Eran sus primeras impresiones y la
invitación contemplaba un recorrido por el parque escultórico
que rodea al Museo Antón y un taller de grabado. «Queremos
conocer cosas nuevas», afirmaban mientras esperaban sentados
en el suelo en el véstíbulo de entrada. El reto era,
tras una explicación de autores y materiales reconocer las
esculturas en las planchas grabadas, una vez de vuelta en las aulas
del museo.
Libreta
y lápiz en mano, los niños, de entre nueve y doce
años escuchaban atentamente las explicaciones. «Caveza
de Buda», escribía uno de los pequeños ante
la escultura de Javier del Río, procurando no olvidar ni
un detalle, y tratando de escribir lo más rápido posible,
en esa letra redonda de quien todavía no ha escrito demasiado
y no la ha deformado. Algunos hacían pequeños bocetos
en las mínimas libretas, de las de lo más pequeños,
salía de todo, desde lo más parecido y lo más
dispar.
Merche,
la profesora del colegio San Félix que hacía de guía,
les interrogaba contínuamente por lo que veían. Ellos
no le defraudaban, y el interrogatorio se convertía en una
interacción continua. «¡Un hombre primitivo,
un hombre desnudo!», gritaban, al tiempo en que corrían
hacia la obra de Amancio González que el mismo prefirió
dejar sin título. Los pedestales de la esculturas servían
un poco para todo, tanto para hacer un alto en el camino y sentarse,
como para apoyar el block de notas.
La
imagen de las Torres Gemelas había dado la vuelta al mundo
y los pequeños cansados de verlas en la tele, las veían
en la obra de Camín, Construcción. «¿Qué
yé?, preguntaban contínuamente. Beatriz Corredoira,
que posteriormente les enseñaría a manejar el rodillo,
la espátula y el tórculo en el que se hace la impresión,
les escuchaba atentamente. Los chicos manifestaban sus preferencias,
entre ellas el cubo vacío de Amador, «tres metros cuadrados
de hormigón, con h», copiaban en la libreta.
«¡Mira
que guay!», afirmaban con ojos incrédulos, cuando veían
que la plancha de impresión elegida correspondía con
las esculturas que habían visto fuera. Su afán era
llevarselos a casa y mostrar a sus padres los trabajos de una tarde.
Aciertos y errores, Beatriz Corredoira les había puesto otras
imágenes para que pensasen y recordasen lo que habían
visto. Esa era la primera finalidad. Indira González y Aloha
Calviño iban un poco más lejos y no descartaban «pintar
o hacer una escultura» algún día .
Mientras
los mayores elegían los colores que querían, los más
pequeños llevados por su timidez se dejaban llevar, rodeando
los caballetes y evitando mancharse con unos tintes que no se quitan.
Los monitores pedían silencio y orden con el ánimo
de quien sabe que con treinta niños el silencio habitual
de los museos y salas de exposiciones era casi imposible.
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