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5-febrero-2004

JAVIER VICTORERO (OVIEDO, 1967)
«No concibo pintar sin poesía y música»
Deudor de los pintores líricos, Victorero presenta estos días su obra reciente en Gijón, que mantiene su fidelidad
hacia los colores, el silencio y la ética

Desde que, en mayo de 2001, expuso individualmente en la Casa de Cultura de Piedras Blancas, Javier Victorero ha estado trabajando silenciosamente en el retiro de su estudio gijonés, lejos de aglomeraciones y tentaciones, buscando nuevas vías para su inspiración. Hoy, en esta exposición que presenta la galería Altamira, el color y la musicalidad siguen inundando cada una de sus piezas, en distintos formatos.

Sin embargo, hay una sugerente evolución en este conjunto, compuesto por una docena de óleos, tintas y pasteles sobre tela y papel donde el artista ha conseguido mejorar su impronta. Los cuadros mantienen la ética que le caracteriza, fruto de quien entiende la pintura como misterio absoluto, lejos de los tópicos, las frivolidades o las ignorancias habituales en un circuito artístico plagado de modernidades mal entendidas.

Esa evolución de Victorero se sintetiza en la piel de la pintura, no en lo superficial. Así, con una técnica bastante más depurada, las manchas y las veladuras siguen rebosando recursos sígnicos, mientras el pintor dialoga con el público ocultando y enseñando el mensaje y las vibraciones del soporte elegido. Entiende, pues, su pintura como un organismo esencialmente independiente y necesariamente completo, que no satisface la mente a simple vista, sino que crea estímulos visuales, lejos del conformismo.

Habíamos visto algunos cuadros, esporádicamente, en el Premio de Pintura de la Fundación Laboral de la Construcción o en la Bienal de La Carbonera, entre otros certámenes. Fechados en 2002, algunos formaron parte de la colectiva ‘Spanish Contemporary Expression’, en Alburquerque (Nuevo Méjico ), donde la sala Altamira llevó a Victorero junto a los también asturianos Avelino Sala, Rut Álvarez, Pablo de Lillo y ‘El Ponticu’.

–Limpia de dudas y convencida de sus metas, tras doce meses de reflexión, la mirada de Victorero se brinda en doce cuadros. ¿Sintetizan estas piezas su evolución?
–Creo que indican bien mis intereses, que anhelan, sobre todo, la vibración de la pintura. Para mí, el trabajo diario es un ritual iniciático, que renace con cada sesión, y la pintura la expresión de algo espiritual, casi místico. Un lenguaje que debe ser vivido en cada instante.

–Pintura poética, desde la abstracción, la forma, la musicalidad y el color...
–No concibo la pintura sin poesía ni música. Por eso, antes de enfrentarme a las obras, leo, leo muchísimo, y mientras pinto necesito escuchar ciertas notas. En esta muestra están, de algún modo, los artistas prehistóricos, los poemas de San Juan de la Cruz, la música envolvente de Tomás Luis de Victoria y de Bach, las delicadas flautas ‘shakuhachi’ y, por supuesto, otros complementos imprescindibles, como las pinturas de Zurbarán, Klee o Palazuelo.

–El poeta madrileño Enrique Andrés Ruiz publicó recientemente ‘Vida de la pintura’, donde mantiene tesis similares. ¿Cómo es posible mantener viva una obra pictórica, en los tiempos que corren?
–Con su invisible capacidad para expresar la vida, transmitiendo energía. No es fácil tener oportunidad de hacerlo, tal como está el circuito contemporáneo, pero sigue siendo posible si, entre otras cosas, uno es el primero que intenta aprender, al tiempo que pinta.

–Estas obras denotan reflexiones, pero también muchos instantes para que funcione el azar, lejos de cualquier mímesis. ¿La temática del jardín se basa en ese equilibrio?
–Cada serie son varios instantes, donde dejo que la pintura se invente a sí misma. Por eso me interesa el jardín, que aparece en varios títulos. Trato de ordenar mi ‘jardín’ a través de las pinceladas, las formas, los signos... Trato de ordenar la pintura tal y como hace el jardinero con las plantas. Son, en fin, naturalezas.

–¿La segunda serie temática, ‘Otras puertas’, alude a realidades más complejas?
–Las líneas, los planos y la geometría abren otros espacios de la realidad, pero tratan, en el fondo, de lo mismo. O sea, de cultivar la receptividad y plantear un ejercicio espiritual en las miradas.
 
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