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Ouka
Leele, en carne viva
La fotógrafa y pintora publica Floraleza,
un libro en que saca a la luz 20 poemas íntimos con serigrafías
de flores
Antonio
Arco
Ouka Leele (Bárbara Allende, nacida en 1957), a la que es
frecuente ver acompañada de su adolescente hija María,
y de sus tres perros vagabundos, se empeña en «mantener
una mirada pura sobre las cosas». Para ello, se aferra al
instante ya lejano en el que vio «tantos y cada uno de los
milagros que me rodean», aunque ahora es consciente de que
«el mundo te lleva...». En la Feria de Arte Arco que
arranca hoy se presentará su último y original libro
de bibliofilia titulado Floraleza, un íntimo
y desnudo proyecto, materializado por la editorial murciana Ahora.
Incluye 20 serigrafías de la artista y, por primera vez,
20 de sus poemas inéditos. El prólogo es de Calvo
Serraller.
Pasa el tiempo y Ouka Leele cada vez es más perfeccionista.
«Me paso muchas horas trabajando», asegura. No cesa
hasta «llegar al punto en el cual se produce el arte. Es como
una corrida de toros: hay momentos en los que no sabes por qué
hay arte, y otros que son un espanto». Y no siempre el optimismo
se hace presente: «A veces hay una oleada de entusiasmo, y
otras una hartura horrible...». Ahora está feliz, y
algo inquieta por la aparición pública de sus poemas,
que surgen de lo más profundo de sus sentimientos y sensaciones,
de las caricias y los sueños que la acompañan, de
su imaginación desbordante.
Ouka Leele, quien por vez primera muestra su faceta de poeta, no
parece, a veces, habitar en este mundo. Lo pisa, se deja envolver
por su su luz y su oxígeno, ha incrementado el número
de sus pobladores con una hija que adora, y durante los últimos
tiempos ha investigado sobre el mundo de las flores, que le aportan
libertad y una sensación de fusión con la naturaleza.
Pero la ternura que despliega, en su vida y en su obra, va a contracorriente
de modas y actitudes. La fotógrafa y pintora residente en
Madrid canta a la vida porque se sabe muy «frágil frente
a la muerte».
La artista sabe que sus trabajos suscitan una gran expectación
en el mundo del arte. Ahora se enfrenta «desde el temor y
el entusiasmo» a uno de los retos más importantes de
su vida artística: la realización en la población
murciana de Ceutí de un mural pictórico de enormes
proporciones 300 metros cuadrados al que le gustaría
llamar El jardín de las delicias.
Si para Roland Barthes «la foto es como un teatro primitivo,
como un cuadro viviente, la figuración del aspecto inmóvil
y pintarrajeado bajo el cual vemos a los muertos», para Ouka
Leele su trabajo, cualquiera que sea el soporte sobre el que lo
lleve a cabo, es concebido «como un canto a la vida»
con el que no sabe precisar qué es lo que busca. La artista,
autora de hermosos trabajos como el libro titulado Piel,
con textos y fotografías suyos, y durante años una
fotógrafa cuyas aportaciones han hecho historia, escribió
en una ocasión: «Los fotógrafos, agresivos ladrones,
van por ahí robándole su luz a las gentes, a los paisajes,
a todo lo que pillan».
La cita es curiosa, porque ella es calma. Puede que vaya por ahí
robando o saqueando minúsculos fragmentos de realidad o de
tiempo apresado, pero lo hace sigilosamente, deseando ser invisible.
Agresividad
Una de las cosas que la artista hizo durante años para sí
misma fueron fotografías de flores, una experiencia que ahora
ha cristalizado en el mural de Ceutí. Un trabajo en las antípodas
de la agresividad, de cualquier atisbo de violencia. Siempre a contracorriente.
Su Jardín de las delicias es un remanso de paz.
«Hay violencia por todos lados, incluso en el arte, y eso
me harta», indica la autora. «Algunos de estos trabajos
agresivos», explica, «pueden ser un producto de nuestra
época, y de las vivencias de alguna gente, que les lleva
a expresarse así, pero creo que hay algo de moda y de falsedad
en otros muchos». Una especie de «a ver quién
da el salto mortal más impactante para ver quién llama
más la atención. Y si me corto el brazo y me hago
una foto sangrando, mejor».
No es su caso. Cree que hoy en día lo difícil es hacer
una foto de una flor, o pintar un cuadro de flores y que éste
sea fuerte sin caer en lo cursi. «A veces», reconoce,
«recibo críticas porque soy demasiado tierna, o no
sé qué. Pero yo estoy ahí, contra viento y
marea, manteniendo mi postura porque yo soy así».
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