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26-abril-2008



Intuición infantil


Decía Ernst Gombrich que la fuerza de las convicciones subjetivas no es una garantía que nos libre de cometer errores. «La búsqueda de una actuación objetivamente correcta puede conducir a una conclusión mortalmente mecánica», escribía el conocido historiador austriaco, «Sería una conclusión desprovista de significado, al igual que un exceso de subjetividad puede borrar la creación a la que pretende servir» .

Pero, en esas tareas, tampoco debe olvidarse la intuición. Esa capacidad oculta, emotiva y personal, que aliñada con cierta disposición íntima, con implicaciones y con distanciamientos, nos permite emocionarnos sin razón aparente. Sin misterio no hay arte y, por ello, no hay arte más puro que el que se brinda de forma espontánea. Como los dibujos infantiles, que acarician nostalgias adultas, ecos de esa etapa feliz donde todo lleva el cuño de lo ingenuo. Los niños, en sus trabajos, patentan esas inagotables ganas de gozar el presente intuitivo mediante miradas, trazos espontáneos, colores que plasman vivencias familiares o figuras cuyo tamaño no depende de perspectivas, sino de la fuerza del cariño.

Ojos que se fruncen frente a las injusticias o se llenan de lágrimas, descubriéndonos la auténtica pureza retenida en un gesto. Creación esencial, lejos del discurso erudito, para beber la vida como recién nacidos. Voluntad de ir hacia el infinito y, si es posible, no llegar allí nunca, para perpetuar el grato instante de seguir caminando.

Cuando pintan sus primeros papeles, algunos niños lloran frente a esa extraña sensación que les produce mojarse las manos con pintura. Su primera reacción es, a veces, contradictoria, y tratan de limpiarse. Pero pronto sienten el placer de fundir color, saliva y manos. Luego, se ‘comen los colores’, llenando el espacio de sensaciones, dejando que la forma genere el contenido, descubriendo su mundo y comunicando poco a poco. Hablando, en fin, sin palabras.

Algunos analistas creen que contenido y forma son antinomias artísticas. El contenido, desde una perspectiva filosófica, se definiría como aquello que se quiere expresar; la forma, la manera de expresar tales contenidos. Lo mismo ocurre con la emoción, que me parece una palabra más bonita. Quizás deberíamos escribir menos y, en silencio, observar las reacciones emotivas de un niño frente a la vida, ese papel de blanco inmaculado. Lo entenderíamos todo, sin tantos matices.

 
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