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El Comercio
 
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24-mayo-2008



La ciudad y el arquitecto


En la exposición de Damián Flores que estos días ocupa la galería Cornión subyacen varios homenajes, pero prevalece especialmente el que se ofrece a Manuel del Busto. Y aunque el pintor extremeño ha elegido al arquitecto gijonés por admiración personal, y como base para defender sus hermosas pinturas de ascendencia metafísica, subyace en este tributo una feliz pasión por la arquitectura y sus diversas naturalezas, aromas y filtros norteños.

Qué mejor excusa que Manuel del Busto para que un pintor pueda habitar la pintura y elegir la ciudad como arquetipo. Hace once años, el Colegio Oficial de Arquitectos de Asturias publicó el libro ‘Manuel del Busto’, de Rosa Faes, que describía el legado del arquitecto más prolífico y respetado de esta región, en cuyas ciudades se mantienen las huellas de su trabajo. Dos años después, la Fundación Alvargonzález rindió otro merecido homenaje a Del Busto, cuya herencia se puede admirar en su Centro Asturiano de La Habana, en Cuba, y en diversos lugares de España y, sobre todo, en Asturias. Desgraciadamente, algunas de sus fachadas conviven con numerosas aberraciones estéticas levantadas por constructores sin escrúpulos.

En Gijón, donde residió durante cuarenta y cinco de sus cincuenta años en activo, su trabajo se potencia espectacularmente, superando miserias cercanas. El embarullado espacio de la ciudad y sus parroquias cuentan con doce edificios públicos de gran importancia y con más de treinta viviendas unifamiliares y plurifamiliares que pueden recorrerse para contactar con el modernismo, el nacionalismo, el art-decó, el racionalismo y la ecléctica arquitectura de posguerra.

Construcciones como el edificio de Marqués de San Esteban esquina a Pedro Duro, con sus sutiles guiños precolombinos, o los de la plaza del Instituto, 3, con su rotunda sobriedad formal y lineal; o las paredes y columnas del viejo café Dindurra, cuna de tantos logros culturales, o los rincones de la Escuela de Comercio, hoy rehabilitada, junto a tantos otros lugares emblemáticos, perpetúan el espíritu de lo bien hecho en una ciudad que, pese a la estela del arquitecto, ha crecido demasiado rápido, olvidando que la calidad, la productividad y la belleza deben mantenerse íntimamente unidas en cualquier proyecto arquitectónico. La buena pintura, por fortuna, también nos sirve para perpetuar ese principio.

 
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