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Sábado, 8 de mayo de 2004

Real Madrid
Una muchedumbre copa las visitas guiadas por los lugares que recorrerán don Felipe y Letizia Ortiz el día de su boda y que edificaron sus predecesores en el trono


MONTSERRAT LLUIS/MADRID



DIGNO DE FOTO. Una turista retrata a unos amigos tras la estatua de Felipe IV, considerada la mejor de Europa. / FOTOS: JOSÉ RAMÓN LADRA
Por más veces que ha abierto su buzón y ha mantenido la esperanza apoyada en los habituales retrasos de Correos, faltan dieciséis días para la boda de don Felipe, y Marian Gómez aún no ha recibido la invitación al enlace. Pensaba que las cuatro cartas de enhorabuena que ha enviado a la Zarzuela la harían merecedora de una silla, «aunque fuera» de las reservadas para el público al pie de la catedral. Pero ya que no ha sido así, y que para ver de cerca a Letizia tendrá que pegarse al televisor, esta alcarreña de 55 años aprovechó su día libre para patear el casco viejo de Madrid, la zona por donde el día 22 pasearán su amor los futuros reyes de España y en la que perviven las huellas de sus antepasados.

Y como Marian, un centenar de personas más, de todas las edades, sexo y procedencia. Las que, a las nueve y media de la mañana, aguantaban el chaparrón y apenas siete grados ante la oficina de Turismo de la plaza Mayor. No venían a pedir mejoras laborales, sino un sitio en las visitas guiadas por los vestigios de las dinastías españolas que, cada sábado a las diez, sin reserva previa y con grupos en castellano e inglés de unas treinta personas, organiza el Ayuntamiento.

Ángela Monzón asegura que el estímulo para pegarse el madrugón y una caminata turística de dos horas no fue la curiosidad del casamiento, sino conocer su ciudad. Que, siendo de Madrid, le da «vergüenza» haber pasado por el manto de la Pilarica y haber ido a Covadonga a pedir a la Santina, pero, en cambio, no haber visitado nunca la Almudena. «Decidí venir mucho antes de que se anunciara la boda», insiste, por más que el calendario delata sus verdaderas intenciones: el recorrido 'Madrid, escenario de la corte' se estrenó en enero, cuando los novios llevaban ya dos meses comprometidos.

Los tocayos de don Felipe

«Pues qué quieres que te diga, chica. A mí la boda me hace ilusión -le contraría su amiga Pina Sanz-. Además, me gusta el chaval. Letizia debe estar loca: se casa con el Príncipe y, encima, es tan guapo... Que si fuera Carlos de Inglaterra»...

Pues no. Es Felipe de Borbón y, al margen de que le arrebate el apodo al primer tocayo que le precedió en el trono, Felipe I, 'el Hermoso', tendrá que trabajar duro por Madrid para igualar las aportaciones de los cuatro siguientes. De hecho, como explica la guía municipal al comenzar la ruta, si la capital de España se baña hoy en el Manzanares, es gracias a Felipe II. Porque su padre, Carlos I, nieto de los Reyes Católicos y primer soberano tras la unificación de los cinco reinos, la fijó en Toledo. Y fue su heredero quien, en 1561, la trasladó 75 kilómetros al norte.

Hasta Madrid. Entonces, un tímido pueblo amurallado de 25.000 habitantes sin más arquitectura que las casonas labriegas. Hoy, residencia de tres millones de ciudadanos, destino de otros tantos turistas cada año y capítulo aparte en los libros de Historia del Arte. Gracias a Felipe II y a su sucesor, Felipe III, a quien el chulo madrileño le debe muchos de sus motivos para serlo, y buena parte de sus construcciones más emblemáticas.

Como para hacerle un monumento. Que lo tiene, y que no puede estar en mejor lugar que en la plaza Mayor, en tanto que él la construyó sobre el solar del mercado medieval. Con sus casas de la Panadería y la Carnicería, en cuyos balcones se acomodaban los Reyes cuando acudían a presenciar los eventos que en la plazuela se celebraban: desde corridas de toros a ejecuciones, de bailes a teatro.

Entre la indisimulada ilusión de los españoles por el enlace de su Príncipe, se cuela a veces, y desde el martes, un gesto de frustración, hasta de impulsivo enfado. Cuando al llegar al Palacio Real, lo encuentran cerrado «por actos oficiales». O lo que es lo mismo, por los preparativos del enlace.

Da rabia no poder visitar el palacio «mejor decorado de Europa» por ser el único que conserva su mobiliario original; una lástima perderse sus salones de Columnas, del Trono o de Gala, joyas en el sentido literal de la palabra: con sus lámparas de cristal de roca veneciano, bronces encargados a Velázquez o el terciopelo rojo bordado en las paredes con filigranas de plata sobredorada. Aunque la cortesía ordena comer con la boca cerrada, algún invitado se quedará con ella abierta el sábado, al contemplar tanto artificio durante el aperitivo.

Que la boda del Príncipe está resultando un reclamo turístico para Madrid es una verdad como una catedral. Como la de La Almudena, que, desde que se anunció el compromiso entre don Felipe y doña Letizia, ha recibido más visitas que en los once años que lleva pegada al Palacio Real. Sí, poco más de una década de existencia, un 'ave maría' comparado con los más de diez siglos de letanías que atesoran los templos catedralicios de León o Compostela.

De apariencia neoclásica e interior neogótico, la más joven de cuantas visten España, fue, en 1991, la primera consagrada por un Papa fuera de Roma. Sólo al Heredero se le ha reservado el honor de pronunciar, ante sus pálidas paredes y luminosas pinturas, el primer 'sí quiero'.

Por extensión de la misma alegría, se realizará el paseo guiado por el legado de las monarquías, que, tras dejar la plaza Mayor, encuentra en la de la Provincia su segunda parada. Un policía de paisano recomienda «colocar el bolso delante», porque, aunque el edificio que Felipe IV levantó en este punto como cárcel para nobles alberga ahora el Ministerio de Asuntos Exteriores, siguen habitando ladrones por la zona.

Las calles Mayor y de la Encarnación fueron las más cotizadas. Y siguen siéndolo: el alquiler de una de sus terrazas costará hasta 60.000 euros el 22 de mayo porque serán las que con más probabilidad verán pasar la comitiva nupcial.