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Miércoles, 19 de mayo de 2004


Los reyes del corral
Seiscientos capones criados con exquisito cuidado deleitarán a los invitados al banquete nupcial de los Príncipes de Asturias



MONTSERRAT LLUIS



Hubo un tiempo en que el rey de los banquetes era el solomillo. Pero las tradiciones dinásticas cambian y, del mismo modo en que la mayoría de los príncipes herederos eligen hoy por esposas a mujeres sin sangre azul, celebran sus bodas con carnes hasta ahora desconocidas entre la realeza.

Don Felipe y Letizia Ortiz se han decantado, por ejemplo, por el capón como plato principal de su menú nupcial. Por ser una carne 'aconfesional' -apta para las diferentes religiones y culturas representadas en su enlace- y «de exquisita textura y sabor», como proclama Alfonso Jiménez, gerente de Industria Gastronómica Cascajares. Para convencer de estas cualidades a los novios organizó una comida. Si bien esta vez el cómplice no fue Pedro Erquicia, sino Carmelo Pérez, director del restaurante elegido para servir el ágape real.

«Nos pusimos en contacto con el Jockey, uno de nuestros clientes, y les ofrecimos el capón como producto», revela Jiménez. «Gracias a nuestra calidad e ilusión, conseguimos que la Casa Real lo probara, y les pareció excelente». Tanto, que les encargó seiscientas unidades, una para cada dos invitados. Sólo que, en lugar de los 4,5 kilos que suele pesar cada uno, «nos pidieron que fueran de 3,5 para lograr mayor calidad, si cabe».

Aunque hasta esta semana no ha recibido autorización para divulgar la buena nueva, el pedido se efectuó antes de Semana Santa, tiempo en que Alfonso ha padecido los mismos nervios que tanto perjudican a las aves selectas y presas de caza que cría por tierras de Castilla León. «Temía que se cancelara el plato o que las piezas no superaran las catas organolépticas y microbiológicas a las que han sido sometidas», revela el gerente de Cascajares, ya aliviado, después de entregarlas al Jockey.

«Nos los han pagado»

No es que haya dispensado a las elegidas un trato especial. Vayan o no vayan a acabar sus días en el Palacio Real, los 5.000 capones que comercializa cada año viven a cuerpo de rey. Por algo son la clase alta de los pollos. A los dos meses de nacer, son castrados «para que pierdan el apetito sexual» y aumenten el alimenticio. Su dieta se compone sólo de cereales, con un complemento de leche y hierbas aromáticas que transfiere «cierto regusto» a sus pechugas y muslos, las partes nobles.

Su «textura mantequillosa, abundante gelatina y tono claro» se consiguen pasando el día en una amplia pradera con zonas de sol y sombra; y pernoctando en un cinco estrellas: un cobertizo aislado del frío y del agua, de más de un metro por cada cuatro animales, con suelo de serrín y ventilación natural.

A los cinco meses, son sacrificados y pasan a una planta industrial donde ocho de sus 25 empleados son discapacitados, una obra social que, cree Alfonso, «ha valorado la Casa Real» a la hora de solicitar sus aves. Y pagarlas, porque «somos una empresa pequeña y no podemos hacer regalos. Sí hemos intentado gratificarles con nuestro mejor producto y servicio, pero nos han pagado como cualquier cliente». Entre cincuenta y sesenta euros la unidad. Un pico.

AVES A LA MEDIDA
Peso: Rondan los 4,5 kilos, pero la Casa Real los ha pedido de 3,5.
Textura: Mantequillosa y gelatinosa. Carne clara, tierna y abundante.
Preparación: Aunque admiten muchas, la mejor es el asado.
Precio: Entre 40 y 50 euros.