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Sábado, 22 de mayo de 2004


Y la noche se cubrió de estrellas
Reinas, princesas y otras damas compiten en elegancia en El Pardo


ALFONSO R. ALDEYTURRIAGA/MADRID ENVIADO ESPECIAL


PARTIDA DOBLE. Carolina de Mónaco, elegantísima, junto a su marido, Ernesto de Hannover. El matrimonio une dos de las dinastías de más abolengo de Europa. / EFE

Y la noche de Madrid se vistió de oros, fucsias, verdes y corales, se cubrió de gasas, rasos y tafetanes, se engalanó con brillantes, esmeraldas y rubíes. El Pardo, su palacio, vio desfilar a reinas y princesas, primeras damas y duquesas. Bien podrían haber competido en belleza, en aderezos, pero no lo hicieron. Cedieron el protagonismo a la que hoy será princesa y ayer ya ejerció de ello. Letizia deslumbró. No fue la única. La alfombra imaginaria dio para mucho.

Beatriz de Orleans rompió el hielo, dio luz a la tarde de lluvia, con un Dior en crudo salpicado de flores granates y doradas. Sus hijas Clotilde y Adelaida, de blanco y negro y negro riguroso, pasaron sin pena ni gloria. No así la Gran Duquesa de Rusia María, en turquesa y broche de brillantes.

Y llegaron los padres de la novia, Jesús Ortiz y Paloma Rocasolano. Sonrientes y de la mano. Él, esmoquin, como el resto de los caballeros; ella, encaje negro con fondo en fucsia. Luego vinieron los padres de Iñaki Urdangarín. Y la marquesa viuda de Ripalda.

Seguían pasando invitados y, entonces, la Familia Real al completo hizo acto de presencia. La Reina, en oro; Letizia, en plata; la Infanta Elena, de goyesca, y la Infanta Cristina, fantástica, se merecen capítulo aparte.

Y ahí comenzó el derroche. María García de la Rasilla, en lila y negro; su cuñada Miriam Ungría, en coral; Cristina y Victoria de Borbón dos Sicilias, fucsia una y de nuevo coral otra; Sofía de Hagsburgo, en rojo; Carla Royo Villanova, con una falda malva y plata; Kalina de Bulgaria, en negro ; Francesca de Habsburgo, envuelta en un vestido de mil bordados...

Laura Ponte puso un punto y aparte. Su aparición, con la que en septiembre será su familia política, a nadie dejó indiferente. Marrón y naranja combinaron en ella como en nadie. Simoneta, en crudo y flores salmón, contrastó con la sobriedad de su madre, la Infanta Pilar.

Máxima de Holanda, en morado y tirantes, entró en El Pardo al tiempo que Rosario Nadal, con un verde botella muy favorecedor, como el celeste salpicado de brillos de Magdalena de Suecia. Bellísima. Y los ojos no daban para más. María Zurita, en verde lima y mangas imposibles, junto a una sencilla Infanta Margarita.

Las abuelas y hermanas de la novia, unas más acertadas que otras, pero todas felices. Menchu del Valle, en marrones; Enriqueta Rodríguez, en tono claro; Erika, en negro; Telma, en verde perico. La verdad es que, a pesar de que la lluvia seguía erre que erre, nadie escatimó sonrisas.

La timidez de Sonsoles Espinosa, en coral, contrastó con la soltura con la que se manejaron Alexia y Teodora de Grecia, en gris y rojo. Su madre, Ana María, optó por un estampado en lilas y musgo; Mary Chantal Miller, por un verde pastel, nada que ver con el pistacho de Irene de Grecia.

Y Noor de Jordania, en salmón y brocados de inspiración árabe, precedió a Rania, en marfil. Tras ellas, Paola y Matilde de Bélgica, enfundada ésta en un palabra de honor fucsia; Margarita de Dinamarca, en gris, de reina, reina; Sonia de Noruega, en rojo; con las princesas Mette-Marit, en añil nada favorecedor, y Marta Luisa, en tonos pasteles; Beatriz de Holanda, en gris con brillos; la reina de los suecos, Silvia, con modelo primaveral, y su hija Victoria, nada lograda con pantalón. Y para cerrar el desfile, el Príncipe Carlos de Inglaterra. Ya estaban todos y todas, y empezó la cena, la última a la que don Felipe de Borbón y Leticia Ortiz acudieron como prometidos. Su última noche antes de la noche de bodas.