
Domingo, 23 de mayo de 2004
Una
boda sin lágrimas
Felipe de Borbón y doña Letizia Ortiz se convirtieron
ayer en marido y mujer en una ceremonia sobria y comedida La
intensa lluvia obligó a suspender la llegada a pie de
la novia.
ISABEL IBÁÑEZ
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| AMOR. El Príncipe besa
cariñoso a su ya esposa, muy emocionada, durante
el brindis. / EFE |
Todos esperaban sentados a la novia. Menos el Príncipe,
que, impaciente y serio, giraba la cabeza hacia atrás
para verla aparecer. El Rey sonreía y le hacía
comentarios a la Reina. Pero las nubes, que hasta entonces
habían respetado la entrada de los invitados en La
Almudena, empezaron a descargar con violencia. 11.10 horas.
Un Rolls Royce acercó a Letizia Ortiz hasta la misma
puerta de la catedral. Fue tan rápido que casi ni se
la vio. Después de unos minutos interminables, en los
que Froilán se dedicó a hacer de las suyas con
el resto de pajecillos, Letizia Ortiz se plantaba sobre la
alfombra que la condujo hacia su marido. Al fin, los invitados
-1.700, entre los que se echó en falta a Ernesto de
Hannover y a Beatriz de Holanda- pudieron contemplar a la
novia: con las notas del 'Concierto para órgano nº
3', de Haendel, avanzó ayudada por sus damas de honor,
que sostenían la cola del vestido de Pertegaz, un diseño
con el cuello chimenea que ella hizo famoso. Ya a la par del
Príncipe, le dedicó una sonrisa y el cardenal
Rouco inició la ceremonia.
Llegaron las lecturas y, con ellas, uno de los pocos momentos
de emoción de la boda, quién sabe si por culpa
de la lluvia. Tras Beltrán Gómez Acebo, le tocó
a Menchu Álvarez del Valle, la abuela de Letizia Ortiz,
que leyó impecablemente. Su nieta la escuchaba con
devoción. Al término de la homilía, en
la que Rouco hizo referencia al «amor eterno»
mientras los novios se miraban una y otra vez, llegó
el rito del matrimonio. El cardenal inició el escrutinio
para saber si acudían a la ceremonia «libremente»
y si estaban decididos a respetarse y a recibir «amorosamente
a los hijos». Los contrayentes asintieron a la vez.
El Príncipe no olvidó pedir el consentimiento
a su padre, como le pasó a su hermana Elena en su boda.
Luego, la pareja estrechó con fuerza sus manos: «Yo,
Felipe, te recibo a ti, Letizia, como esposa y me entrego
a ti y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad,
en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi
vida». El pulgar de su mano derecha acariciaba la mano
de la joven. Ella lo miró, luego bajó los ojos
y de nuevo los dirigió hacia él. Con aire tímido,
repitió las mismas palabras. Puestas las alianzas,
fueron marido y mujer, y ella, Princesa de Asturias. «Que
lo que Dios ha unido no lo separe el hombre», selló
Rouco. Eran las 11.50.
El sacerdote, con mano temblorosa, entregó las arras
al heredero, con tan mala suerte que una de las monedas cayó
sobre el ramo de la novia. Al Príncipe se le olvidó
el texto y tuvo que recurrir al papel. Más relajada,
la pareja se dedicó a compartir impresiones durante
el ofertorio y la comunión. Hablaron mucho. Y hubo
momentos en los que, cogidos de la mano, pareció que
ella iba a llorar. Pero no. Se besaron en la mejilla cuando
se daban la paz. En los bancos de la catedral, la infanta
Cristina agarraba a Iñaki Urdangarín. Su hermana,
Elena, volvió a asombrar con un traje rosa y una altísima
peineta con mantilla negra.
Ya al final, Rouco leyó la bendición del Papa:
«Me es grato impartirles, en prenda de la constante
asistencia divina que les ayude a vivir fielmente los valores
del sacramento del matrimonio y como signo de copiosos dones
celestes sobre el nuevo hogar, una especial bendición
apostólica». Los esposos firmaron el acta que
da fe del casamiento. Después lo hicieron los testigos;
entre ellos, miembros de ambas familias. Felipe se secaba
el sudor de la frente con un pañuelo. La Reina se abanicaba.
Letizia aparentaba cierta distancia.
Un casto beso
El 'Aleluya', de Haendel, anunció el fin de la ceremonia
y los novios volvieron a recorrer la alfombra roja hacia la
salida. Allí les esperaban los militares compañeros
del heredero, que compusieron con sus sables un arco de honor
por el que los Príncipes se reencontraron con la lluvia.
En la puerta se agolpaban los invitados -más de 350
miembros de casas reales, el presidente del Gobierno, José
Luis Rodríguez Zapatero, presidentes de las comunidades
autónomas, y representantes de los medios de comunicación,
la cultura y el deporte- a la espera de coches y autobuses.
Temían mojarse. Sólo Carlos de Inglaterra cogió
el paraguas y se fue andando como si nada hasta el Palacio
Real.
Los novios se introdujeron en el Rolls Royce Phantom IV con
techo acristalado que los condujo hasta la basílica
de Atocha y, después, de vuelta al Palacio Real. El
sol asomó tímido. La gente piropeaba a los novios
cuando se asomaron al balcón. Acercaron sus mejillas
en dos ocasiones, saludaron y se despidieron. Cuando volvieron
a salir, don Felipe rozó con sus labios la comisura
de la boca de doña Letizia. Hubo quien pensó
que tanta espera se merecía un beso 'de verdad'.
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