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Domingo, 23 de mayo de 2004

Flores para un doble tributo
Doña Letizia cumplió con la tradición de dejar su ramo nupcial en la básilica de Atocha, en un acto que también sirvió como recuerdo de las víctimas del 11-M


ALFONSO R. ALDEYTURRIAGA/MADRID ENVIADO ESPECIAL

«En su día lloramos las penas y hoy celebramos las alegrías». Atocha, su barrio, fue testigo del primer beso público de los Príncipes de Asturias. «Creo que nos lo tenemos bien ganado», se decía Carmen, «de aquí de siempre». Don Felipe acercó sus labios al rostro, ayer más angelical que nunca, de doña Letizia. Fue en la escalinata de la Basílica de Nuestra Señora de Atocha, donde minutos antes la ya princesa había depositado su ramo de novia ante la imagen de una Virgen venerada, idolatrada y mil veces visitada por austrias y borbones. Cumplió una tradición de siglos.

La lluvia, esa intrusa que se empeñó y en parte consiguió deslucir la boda real, condujo a la improvisación. Los novios no accedieron por la puerta principal, sino por el pórtico del claustro de un templo que aguardaba impaciente la llegada de don Felipe y su recién estrenada esposa. Allí, en el interior, esperaban concejales del Ayuntamiento de Madrid y también empleados del Arzobispado. El Coro de la Fundación repasaba letras y afinaba notas.

Y la Virgen de Atocha lucía sus mejores joyas, brillantes y topacios, y espléndido manto, rojo y con flores de lis en oro, que la reina Isabel II regaló en su día a la que, siglos antes, Felipe II proclamó «patrona de todos los reinos».

El aire se llenó de incienso, las campanas repicaban, anunciaban que «ya están aquí». Todos en pie y el 'Oh Gloria Virginum', de Pedrell, abrió paso al cardenal Rouco Varela, que precedía a la feliz pareja. Rogó el purpurado a esta advocación de la Virgen María que «el sello perenne del amor crezca en ellos». Los Príncipes se miraban y llegó el momento: doña Letizia se despidió entonces de su cascada de lirios, rosas, flor de azahar, espigas de trigo y flor de manzano. Fue el guiño que hizo a su Asturias natal. Mientras, sonaba la Cantiga de Alfonso X 'Rosa de rosas'.

Antes del 'Salve Montserratina', de Tomás Bretón, antes de la bendición, antes de la despedida, el cardenal Rouco Varela rezó un responso por las víctimas del 11-M, por las almas de 192 hombres y mujeres que un mal día se subieron a un tren para no bajarse de él jamás. En su memoria se elevó en la glorieta de Atocha el bosque de los ausentes. Allí amaneció ayer una corona de rosas blancas de Felipe y Letizia. En su memoria, también, no dejan de encenderse velas en una estación en la que se suceden los homenajes. Ayer, la banda de gaiteros Tayuela de Mecer interpretó una marcha junto a un grupo de asturianos. Más mensajes, más lágrimas y más velas.

Las voces del Coro de la Fundación, templadas y firmes, transmitieron emoción en los momentos finales y doña Letizia alzaba su mirada a la Virgen, unas veces, y fijaba sus ojos hacia abajo, en otras. No lloró, pero los sentimientos iban por dentro. Y abandonaron la basílica conscientes de que, quizás, su próxima visita sea con un bebé en brazos. Seguirá así la continuidad dinástica y también la tradición de la Familia. Hace 36 años, los del Príncipe de Asturias, que la Reina le presentó ante la imagen siendo un recién nacido.

La lluvia aventura fertilidad y de ésta ha sobrado y mucho.