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Domingo, 23 de mayo de 2004

Abanico busca dueño

A. R. A.



PACIENTES. Un grupo de vecinos de la comarca del Nalón aguarda, a cubierto, el paso de la comitiva real. / PAÑEDA

Abanicos en busca de dueño y lágrimas para maldecir a esas nubes que oscurecieron la celebración. Madrid amaneció gris, aunque sus calles lucían rosa, amarillo, blanco y plata, engalanadas como nunca. Tras las vallas enteladas, los justos, los más intrépidos, los que se dijeron «a mí nadie me detiene».

Madrid se dio un buen madrugón y se despertó mirando al cielo. Madrid buscó puntos estratégicos para ver pasar la comitiva Real y los encontró. Patio de la Armería, plaza de Oriente, Cibeles, glorieta de Atocha y allí donde las pantallas gigantes narraban el cuento de hadas de una asturiana que ayer se acostó de Princesa. Y el cielo pasaba del gris al negro. Salió el cortejo, «que no llueva por favor», pero nada. Descargó y de qué forma en el mismo momento en que le tocaba lucirse a Letizia.

Agua, truenos y paraguas

Pero Madrid, ese Madrid que a pesar de los pesares se echó a la calle, no se volvió para casa. Quería felicitar a los Príncipes, darles la enhorabuena. Antes hubo de soportarse agua y más agua y también truenos ensordecedores. La ceremonia seguía su curso. Sonrisas y lágrimas, anillos y arras. Fuera, paraguas y chubasqueros. Cada vez quedaba menos.

Los ya convertidos en marido y mujer, los ya Príncipes de Asturias, iniciaron su recorrido tras recibir la primera ovación a las puertas de La Almudena. En la plaza de Oriente, gentío volcado; en la de España, otro tanto de lo mismo. La lluvia se detuvo. El cielo seguía gris, pero tirando a un tono perla. No dejaron de saludar. Gritos de «¿guapos!», «¿felicidades!». Ante la Cibeles se dieron otro baño de multitudes. Sus manos se agitaban, querían corresponder a cualquier saludo. De ahí, a Neptuno y, más allá, la glorieta de Atocha. Imposible no recordar, imposible no mirar al cielo, ahora más azulado. Allí se agolpaban por cientos, quizás porque se creía que podrían descender del coche. Falsa alarma.

Saludos y derroche de cariño ante la Basílica de Atocha. Entrega de ramo y más gritos y una petición, un beso. Cumplieron el deseo y de vuelta al Palacio Real.

Más agite de manos y también de unos abanicos que aportaron color. Muchos se quedaron sin dueño, al contrario de lo que se había pensado. Y todo por culpa de una lluvia que dio paso a una agradable tarde. Antes del almuerzo, saludo en el balcón, dos tiernos besos y un adiós demasiado rápido para todos los que esperaban más saludos y más besos.