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Domingo, 23 de mayo de 2004

Oviedo despertó a las doce
La capital saludó el sol y el paseo de sus vecinos al mediodía, cuando los novios habían engarzado ya los anillos. Hasta entonces, todos en casa, frente a la tele


D. REMARTÍNEZ / C. BATALLA/OVIEDO



Once menos cuarto y el tráfico fluido en la Cruz Roja, directo el coche desde la rotonda hasta el Campoamor, de un tirón. El sábado de mayo parecía ayer un domingo de agosto: desierto de mañana, sólo bandas de gaitas reuniéndose por el centro de la capital para el posterior desfile en honor a los novios. Todo el mundo miraba en casa, todos frente al televisor, como en el final de 'Heidi' o cuando la Eurocopa del 84.

«Hay que atender a los cuatro clientes fijos que tenemos», decía Manuel Flórez, propietario de una pequeña tienda de ultramarinos en la calle de El Rosal. Sus compañeros de negocio aún no habían abierto; pero él sí, «aunque no 'merez' la pena», admitía frente a unas lustrosas manzanas.

También levantó puntual la persiana Pronovias, en la calle del Nueve de mayo, a la hora de siempre, las 10. «Han venido tres novias a probar y ninguna ha visto a Letizia». Tampoco Marián Martín conocía dos horas después de ponerse el dedal el diseño de Pertegaz. Compañeros de la profesión le habían contado algo por teléfono: «Es sobrio, por lo visto, y la elección parece buena, es su estilo», valoraba medio a ciegas.

Así, y a pesar del empeño de los 900 gaiteros que tocaban en pasacalles, la ciudad y el sol no salieron hasta el mediodía en Oviedo, con la misa inacabada pero consumado ya el enlace. Como si hubiera que asegurarse antes de brindar el vermú.

Pocos en la pantalla

La querencia hogareña la sintió el Auditorio. La sala Principal abrió a las 11. Sólo media docena de personas llegaron a tal hora, multiplicándose después por diez la cifra ante la pantalla gigante. Hubo silencio con Menchu Álvarez leyendo al apóstol San Pablo, murmullos mientras los interludios con cánticos, y un paisano señalando al aire cuando un barrido televisivo por la Almudena sorprendió a Gabino de Lorenzo en la esquina de un banco, asomado al pasillo del templo. Un cura narraba entonces a España el milagro de Canaán.

El escaso respetable se permitió unas discretas risas, provenientes del fondo juvenil: el novio había caído en un lapsus al pronunciar el trasvase de las arras. «Él está nervioso, pero ella mucho más», opinaba Naiara Rojas, venida con 18 años del País Vasco. Don Felipe recomponía el recitado y Verónica Fernández, de 22 años, de Degaña y estudiante como la mencionada Naiara, coincidía con su amiga: «Es que ella está temerosa de que la critiquen». Que se lo cuenten a la Sannum.

Música y dulce

Una vez casados, la boda continuó en Oviedo por doquier. Seguían los pendones en las farolas y las 'letizias' pasteleras se vestían de blanco especial, como anunciaban los escaparates de los obradores. La asociación de guías turísticos estrenaba su 'Ruta de Letizia', o señalados enclaves de su biografía urbana.

El casi millar de gaiteros reunidos para el evento, que desde las diez de la mañana trazaba una alborada de calles por los barrios, concentró sus soplidos a la una de la tarde en la plaza del Ayuntamiento. Desde ahí, en desfile estruendoso por el centro.

La gente comentaba el vestido, lo de Ernesto, la seriedad de la novia y el susodicho despiste arriero. Lo hacía mientras compraba tortos o probaba un afuega'l pitu en el Mercáu Astur de la Ascensión. O en las terrazas. O en El Fontán. Hasta los contrarios participaban del monotema paseando alguna bandera tricolor.

Coleaba la tertulia global cuando Griselda Arias y Ricardo Moltó sellaron ante Dios su amor en la capilla del Rey Casto de la Catedral, hacia las siete y media. «Bastante tengo con mi boda. Estoy nervioso», confesaba en las previas el novio al preguntarle por el bodorrio real. «Yo sí lo vi, en la peluquería». Griselda estaba feliz. Ya son cuatro.