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Domingo, 23 de mayo de 2004

El madrugón del siglo
Príncipes y nobles hospedados en hoteles de lujo apenas durmieron la madrugada de ayer por tener que acicalarse para el enlace. Numerosas damas esperaban turno en la peluquería desde las seis de la mañana.

MONTSERRAT LLUIS/MADRID

FOTOS PARA EL RECUERDO. El portero del lujoso hotel Wellington toma con una cámara digital una instantánea a una pareja de invitados a la boda minutos antes de dirigirse a la catedral de La Almundena. / JOSÉ RAMÓN LADRA

La de Felipe y Letizia habrá sido la boda del siglo. Pero el madrugón que se dieron ayer sus 1.400 convidados también fue de los que hacen época. A las siete de la mañana, los ascensores del hotel Wellington, uno de los mejor situados en el 'ranking' y en el callejero de Madrid, ya registraban ligeras retenciones, y, en uno de sus continuos viajes, una prima de don Juan Carlos se cruzaba con la princesa alemana de Thurn und Taxis camino de la peluquería.

Habría hecho falta un montacargas para subir y bajar a tantos huéspedes, y de tanto peso: desde príncipes europeos, a duques y marqueses, sin hacer de menos al ministro de Defensa, José Bono, pasaron la noche en el céntrico cinco estrellas. También pernoctaron, según observaron varias empleadas, «las mejores piernas del mundo», las de las esbeltas y rubias parejas de los amigos americanos del novio.

En total, ocuparon 66 habitaciones, más o menos las que la Casa Real bloqueó a finales de febrero, cuando «nos comunicaron que habíamos sido elegidos para albergar a invitados, después de chequear nuetras instalaciones y pedirnos documentación sobre seguridad, incendios, servicio de habitaciones y guardaequipajes», detalla Alfonso Jiménez. El director general adjunto del hotel está acostumbrado a alojar a lo mejor de cada casa real en la suya. Pero esta vez le preocupaban los visitantes. No porque pidan cosas especiales, que «no lo suelen hacer», sino, al contrario, porque todos piden lo mismo: un peluquero; y a la misma hora, entre siete y ocho de la mañana.

Sabedor de que se le caería el pelo si alguna de las veinte damas con cita previa no llegaban a tiempo de arreglarse el suyo, Jiménez reforzó el personal y habilitó un salón de convenciones como peluquería. La más madrugadora llegó a las seis y media, si bien algunas señoras prefirieron pasarse la víspera y dejar sólo para la mañana la colocación de la pamela o el tocado. Si total, iban a tener poco tiempo de despeinarse en la cama, opinaba Cristina, la responsable de belleza, que no parecía estar hasta el moño pese a haber hecho unos cuantos.

Antojos matutinos

«El recogido es lo que más piden», corroboraba, mientras una joven entraba en la sala con un yogur y un café en la mano. En un intento de equilibrar su tentempié, una camarera la seguía presurosa con bollería. Y es que la mayoría prefirió perder la tortilla, el jamón cortado en directo o los cogollos con anchoas del buffet antes que tiempo. Desde las cinco, el 'room service' no cesó de llevar desayunos a las habitaciones.

«Dadles bien de comer que van a tener que andar muchas horas», rogaba el pastelero. Uno de los camareros que pasó toda la noche en vela recordaba a sus relevos que debían emplear los cubiertos nuevos y subir aceite de oliva a la estancia 405.

Alguna señora pidió el desayuno integral y otras, sin importarles pasarse de la línea ni de la raya, mandaron a sus maridos al comedor en busca de sus antojos. Dos de ellos intercambiaban una sonrisa, no estaba claro si de resignación o de vergüenza, mientras esperaban el ascensor en el hall, el uno, con un plato de queso en la mano; el otro, con pastelitos, y los dos con zapatos de charol y mirando el reloj.

Más que a sus llamadas a la premura, sus esposas hacían caso al socorrido 'vísteme despacio que tengo prisa'. No obstante, y en previsión de que, con el trasiego, algún huésped untara su corbata en el café, el Wellington había comprado varias de recambio, además de camisas, medias, calcetines y hasta gemelos. Por si alguien los echaba en falta cuando aún faltaban dos horas para abrir El Corte Inglés, y sólo una para marchar a la catedral.

A las nueve en punto, los autobuses les iban a recoger en el hotel para llevarlos hasta La Almudena. No obstante, la Casa del Rey los habían citado en recepción treinta minutos antes, para identificarlos y pasar por un detector de metales. Rara es la mujer que no disparó la alarma, pero lejos de sonrojarse, sonreían complacidas al ver que el policía atribuía el sonido a sus abultadas joyas. Tampoco le importó a ninguna mostrar sus coquetos bolsos, que, al menos, facilitaron el trabajo de exploración a los agentes por su reducido tamaño.

«La vigilancia es extrema. Desde el lunes, tenemos una guardia policial permanente y revisan todos los equipajes y coches que entran al garaje. Además, nos han pedido información sobre cada empleado y de las otras personas hospedadas», revelaba Jiménez consciente, no obstante, de que se le había colado alguien: «Algún policía de incógnito», incluso de chaqué.

El primer pingüino asomó un tanto desorientado a las ocho y cuarto. Lo llevaba un amigo del Príncipe que se dirigió al puesto de la Guardia Real, situado en el hall del hotel para informar a los alojados de los traslados y recoger regalos para los novios; pero, en este caso, la consulta era diferente: «¿Voy bien con este color de chaleco?». «Sí muy bien», le tranquilizó el soldado, a cambio de un 'thank you'.

Otros forasteros aprovecharon para tomar referencias en la gran pantalla instalada para que los clientes menos afortunados pudieran seguir la boda desde la cafetería. Al finalizar la ceremonia, se les ofreció una copa de cava. Los que sí asistieron al enlace también pudieron repetir el brindis por los novios al regresar a su habitación. Se obsequió a todos con una botella de cava, un detalle y un abanico de diseño, que ya no dio tiempo a cambiar por un paraguas.

Más considerada que con los contrayentes, la lluvia esperó a que el último huésped del Wellington llegara a la catedral para aguar la fiesta. Fue el ministro Bono, que tras visitar el aseo del hall, subió a su coche oficial. El resto ya había marchado del hotel en autobús, es cierto que alguno bostezando, pero todos con una alegría madrugadora más propia de los turistas domingueros que de altezas acostumbradas a dormir a cuerpo de rey: quizás porque les iban a llevar a la catedral de La Almudena, al Palacio Real y a un almuerzo típico español, con jabugo, queso y hasta esqueixada catalana.