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Domingo, 23 de mayo de 2004

Contención en la catedral
En una ceremonia majestuosa y elegante, pero sin emoción, una muy nerviosa, sobria y reservada Letizia Ortiz demostró que la chica del telediario no estaba ayer en La Almudena.


ARANTZA FURUNDARENA



CEREMONIA. Don Felipe de Borbón y doña Letizia, en el altar de La Almudena. / REUTER

La ceremonia religiosa celebrada ayer en la Almudena derrochó solemnidad, sobriedad y elegancia. Estas asignaturas las pasó con nota. Pero quizá careció ligeramente de emoción. O si la hubo, fue demasiado contenida.

Lo comentábamos a la salida del templo los periodistas que tuvimos el inusual privilegio de contemplar la boda real desde el mismísimo coro, justo a la izquierda de los novios. Para los que somos de lágrima fácil, sobre todo en comuniones, bodas y bautizos, resultaba un poco frustrante que ni siquiera el 'Aleluia' de Haendel, sonando a plena potencia, nos hubiera provocado el tradicional nudo en la garganta. Y eso que todo había salido perfecto... O quizá precisamente por eso, por demasiado perfecto.

La propia Letizia Ortiz, ahora Princesa de Asturias, se mostró mucho más contenida que de costumbre, como si el diseño de corte princesa de su exquisito traje de novia la hubiera investido de una majestuosidad y una sobriedad expresiva hasta ahora inéditas. El peso de la responsabilidad es muy superior al de la seda, y tal vez por eso, habló incluso menos que el Príncipe y sólo se emocionó, muy levemente, en el momento de la Eucaristía, mientras sonaba el 'Sancta María' de Mozart. Ahí se arrodilló con gran recogimiento y tuvo que ser don Felipe quien la animara a ponerse en pie. Poco después, él le pasaba, discretamente, un pañuelo.

«Estará bellísima, sólo espero que la emoción no la domine», había dicho Pertegaz poco después de terminar el traje de novia de doña Letizia. La frase fue toda una premonición, pues precisamente eso, impedir que la emoción o los nervios la traicionaran, pareció constituir la principal obsesión de la ilustre novia el día de su boda.

La lectura del texto del compromiso matrimonial demostró que la chica del telediario no estaba ayer en la Almudena. Su voz sonó cándida, incluso trémula. Ya no era la voz firme de una profesional acostumbrada a dar las noticias. No así su abuela, Menchu Álvarez del Valle. La veterana periodista, más que leer, declamó la carta de San Pablo a los corintios con todos los matices de una consumada actriz de radionovela.

Fue además una ceremonia con efectos especiales, porque dentro de la catedral sonaron potentes truenos en los momentos álgidos de la ceremonia: el sí quiero, la entrega de arras... El cielo de Madrid ayer se tornó republicano y parecía empeñado en convertir la boda del siglo en una ceremonia anfibia. Dice un refrán mexicano que 'Novia mojada, novia afortunada'. Pero nada se ha dicho sobre la novia anegada. Y es que lo de ayer en Madrid fue el diluvio.

Por contraste, en la nave central del templo había estallado la primavera gracias a los coloristas atuendos de las invitadas, con predominio del rosa en todas sus gamas. Desde el coro se detectaban pamelas tan inverosímiles como platillos volantes. Costaba creer que, con semejantes artefactos volanderos, sus propietarias hubieran podido moverse libremente por la zona de exclusión aérea sin recibir un misilazo aire-aire en toda la testa.

Irene de Grecia, siempre sobria y sencilla, fue de las pocas que renunció al tocado. A su lado, se sentaba Nelson Mandela y su esposa Graça Machel, con un vistoso turbante de corte africano, y detrás Jordi Pujol y Marta Ferrusola. Mandela y la princesa Irene, al igual que la abuela materna de la novia, quizá agotada por la emoción, optaron por seguir sentados incluso en la consagración. Jaime de Marichalar, junto con el abuelo paterno de la novia, fue de los que más se arrodillaron y, sin duda, el que más se abanicó.

Una madre risueña

En el momento de las arras, Iñaki Urdangarín y la infanta Cristina, quizá recordando su enlace, entrelazaron sus manos tiernamente. Los novios, ya convertidos en marido y mujer, a la hora de darse la paz, optaron por regalarse dos besos en las mejillas. En ese momento, el padre de doña Letizia estampaba un cariñoso beso en la mano de su ex mujer, que lo recibió con una sonrisa. Poco después, ella le tocó la cara a él en un gesto cariñoso, dando la imagen de una ex pareja muy bien avenida. De hecho, Paloma Rocasolano se mantuvo muy risueña durante toda la ceremonia. Estuvo atenta con sus suegros y muy pendiente, igual que sus hijas, Erika y Telma, de su madre, que lucía pamela y gafas oscuras.

El Príncipe demostró tener bastante complicidad con su cuñado, Antonio Vigo, con el que se permitió intercambiar unas palabras, en uno de los momentos más distendidos de la liturgia.

El cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, que había encargado para la ocasión una vestimenta eclesiástica confeccionada en Italia, habló sobre todo de amor, «porque el amor nunca pasa». También les dijo que: «No estáis solos, os rodea y arropa la simpatía general de los españoles». Les agradeció su solidaridad con las víctimas del trágico 11 de marzo y se permitió desear a la pareja que «caigan copiosos dones celestiales sobre vuestro hogar». «Contraéis matrimonio, queridos don Felipe y doña Letizia, delante de Dios y de los hombres». Le faltó añadir que también -y sobre todo- delante de la televisión.

Aquello llegaba a su fin y al sonar el 'Aleluia' final, el abuelo materno de Leticia, liberado por fin de la rigidez del protocolo, comenzó a mover las manos como si dirigiera la orquesta. Fue el único gesto espontáneo de toda la ceremonia. Con esa música, el cortejo nupcial fue abandonando la Almudena. Fuera, les esperaba una espesa cortina de lluvia. La célebre alfombra roja ya no era alfombra, sino el mar Rojo. Claro que quien se disponía a cruzarla tampoco era ya Letizia Ortiz, sino su Alteza Real la Princesa de Asturias.


Fotos bendecidas

Iluminada como un set televisivo destinado a albergar un espectáculo de lujo, la catedral de La Almudena lucía ayer tan esplendorosa, en contraste con el plomizo cielo madrileño, que en el trajín de los preparativos y minutos antes de que los primeros invitados hicieran su aparición, algunos de los eclesiásticos que iban a participar en la ceremonia no pudieron resistir la tentación de empuñar la cámara de fotos para inmortalizar una imagen que tardará en repetirse.

Acostumbrada a la intensa vida social que acompaña al mundo de la moda, la modelo Laura Ponte, prometida de Beltrán Gómez Acebo, con quien se casará en setiembre, fue, antes de que empezara la ceremonia, una de las invitadas más comunicativas y con más capacidad de generar 'lobby'. Por contraste, la actriz Clotilde Coureau, esposa de Filiberto de Saboya, parecía algo más solitaria y desubicada.

La princesa Marta Luisa, cuya forma de vestir acabará convirtiéndola en la Ágatha Ruiz de la Prada de Noruega, pasó gran parte de la liturgia asida a la mano de su marido, el polémico Ari Behn. La pareja dio cuenta de una gran armonía conyugal.