
Domingo, 30 de mayo de 2004
«Letizia
llegó con mucha hambre»
El director del banquete de la boda real repasa el almuerzo
con la alegría de haber recibido casi tantas felicitaciones
como los novios. «El Rey quedó encantado»,
celebra Carmelo Pérez
MONTSERRAT LLUIS/MADRID
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| SATISFECHO. Carmelo Pérez
posa en su restaurante de Madrid. / JOSÉ RAMÓN
LADRA |
Carmelo Pérez fue de los pocos que estuvo en el Patio
del Príncipe el 22 de mayo a la hora del almuerzo y que
no se terminó la tartaleta de hojaldre con frutos del
mar, ni el capón asado al tomillo. No los tocó.
Desde que en una cena de gala se condecoró al probar
un plato, prometió, a cambio de no volver a manchar su
chaqué ni su currículum, ayunar siempre que dirigiera
un banquete. Y así lo hizo en el de la boda de los Príncipes
de Asturias.
Después de servir un menú que empezó
a preparar en su mente allá por marzo y, en los fogones
de su restaurante de Madrid, dos días antes del enlace,
al atardecer del pasado sábado, cuando ya sólo
quedaban en el Palacio Real amigos de los novios, se percató
de que no había probado bocado desde las cinco de la
madrugada en que se había puesto a trabajar. En vez
de asaltar las pocas sobras que dejaron los 1.700 invitados,
se le antojó un bocadillo.
Sin embargo, el director del Jockey acabó la jornada
con más peso que nunca en el panorama gastronómico,
hablando con la boca llena de satisfacción y con una
alegría bien gorda, que aún no ha digerido:
la de haber recibido casi tantas felicitaciones como los recién
casados. La primera, del Rey, que, «muy emocionado,
me abrazó y me dijo que estaba encantado con todo».
La segunda, la tercera o la mil y pico, de parte de unos comensales
que, en agradecimiento, devolvían los platos «no
limpios, sino brillantes».
-¿No le pusieron ningún 'pero'?
-Para nada. Es más, esta semana nos han invitado a
comer en Zarzuela y nos han comunicado que no hubo ningún
aspecto negativo, que todo han sido felicitaciones.
-¿Cambiaría algo del banquete?
-Ni el escenario, ni el menú, ni los novios A lo mejor,
algún invitado.
-¿Cuál fue el peor momento?
-Todo salía más o menos bien: la novia estaba
en palacio a las siete, se estaba rematando detalles, la cocina
funcionaba y se puso a llover a mares. Para el banquete, no
suponía problema, pero me preocupaba porque afectaba
al conjunto.
-¿Se hizo algún ensayo general?
-En cocina, no. Pero sí había normas. Los que
ensayaron fueron los del servicio: por dónde entrar
y salir, dónde dejar los platos.
«Se habló mucho»
Del tamaño de medio campo de fútbol sembrado
de 123 mesas redondas, entre las que los camareros, en su
mayoría, soldados de la Guardia Real, marcharon armados
con bandejas y sincronizados como en un desfile al mando de
Carmelo. Aun a costa de dar la espalda a los novios, permaneció
todo el ágape tras la presidencia, desde donde dio
órdenes a cocina, office, pastelería y comedor
a través de un auricular.
Los bollitos, mezcla de siete cereales y candeal, se hicieron
un hueco en los estómagos con facilidad, pero la misión
de los 35 cocineros no fue pan comido. Debían servir
el menú en su punto. Y en punto. A las cinco menos
veinte, ya se iban algunos invitados. Así que «fue
todo muy rápido». 90 minutos para dos platos
y tarta, que se comían con la vista antes de emplear
la boca. Es más, estaba previsto empezar con los discursos,
pero decidieron pasarlos al final. «Letizia tenía
hambre. No había comido nada; y, aunque intentamos
darle un zumo y un poco de jamón cuando llegó,
no dejaban de saludarla y hacerle fotos».
Habían sonado las tres en los centenares de relojes
del palacio cuando, por fin, degustó el hojaldre de
frutos del mar. Un plato que la Casa del Rey eligió
sin probarlo por ser «distinto y poderse cambiar fácilmente
el relleno de marisco por vegetales, si alguien no podía
comerlo». Además, agrega Carmelo, «casi
lo impuse, porque tenía la seguridad de que saldría
bien».
No era el sitio ni la hora para conejillos de indias. Sino
para los capones castellanos. Se impusieron frente a las alternativas
del pichón, el pato y la ternera. Y fue un acierto.
Momento emotivo
En su restaurante de la calle Amador de los Ríos ha
visto cerrar gruesos negocios, pero nunca una alianza que
dará continuidad a la Monarquía parlamentaria.
Quizás por eso, para el director del Jockey, el momento
más emotivo llegó «cuando habló
el Príncipe y dijo que seguían con España.
Fue emocionante».
A las cinco menos veinte, se levantaron la reina Noor y su
nuera Rania. Con puntualidad británica. Quizás
por eso las siguió Carlos de Inglaterra, que «no
estaba previsto que se ausentara tan pronto». No se
sabe a dónde fue, pero sí que dio pie a marcharse
a otros invitados, lo que obligó a los novios y a sus
padres a situarse en la salida para despedirlos uno a uno.
«El Rey se quedó sin su café con hielo
y sin encender el puro; lo que más le gusta»,
lamenta Carmelo, quien calcula que el último comensal
salió hora y media después. Felipe y Letizia
se reunieron entonces con amigos y compañeros de universidad.
Unos quinientos. No bebieron, pero lo pasaron muy bien».
Hasta que, al filo de las once, los Príncipes se retiraron
a su piso de casados en La Zarzuela.
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