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Domingo, 30 de mayo de 2004
Las croquetas de Froilán


El presidente de Telefónica, César Alierta, dice que no sabe lo que se perdió, pero doña Sofía no probó el capón. Ni ella, ni otras varias decenas de invitados, bien por prescripción médica, religión, cultura, o porque no les dio la gana. Para ellos, se preparó lubina, el pescado que se sirvió en las bodas de las infantas. Tampoco la tartaleta de frutos del mar fue apta para todos los comensales. Una veintena avisaron a protocolo de que eran alérgicos al marisco y, para no darles demasiada envidia, se optó por ofrecerles el mismo hojaldre, sólo que cambiando el bogavante por angulas de la huerta -más conocidas como vainas- y demás vegetales. A quienes no les convenció el apaño, se les dio a elegir pastel de verduras o ensalada.

Frente a las ostras y el centollo del aperitivo, en cambio, no se ofreció más alternativa que espabilarse y abusar del souflé de queso o de las croquetas de jamón y ave. Froilán dio buena cuenta de ellas. Después de la exhibición de artes marciales con que animó la ceremonia religiosa, el mayor de los dos hijos de la infanta Elena necesitaba recuperar fuerzas, y, como al resto de los nietos del Rey, las niñeras le dieron de comer sin esperar a los novios.

En un salón aparte, porque, «con lo bicho que es Froilán, seguro que habría armado algún desaguisado», sospecha Carmelo, satisfecho por la aceptación que tuvieron entre las nuevas generaciones sus clásicos fritos y el jabugo. De segundo, en vez de capón, para los menores de 18 años, hubo pollo sin capar, pero con patatas. Lástima que «les llamaron para que fueran a hacerse las fotos y, al volver, sólo se lo comió uno». Eso sí, recuperaron milagrosamente el apetito al ver aparecer un divertido helado de chocolate.