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Domingo, 2 de noviembre de 2003

Don Felipe y Asturias

Los esponsales con Letizia Ortiz sumarán lazos de sangre a los lazos históricos con el Principado

ALBERTO PIQUERO/OVIEDO

COVADONGA. El Heredero de la Corona saluda a los asturianos que se acercaron a verle hasta el Real Sitio, en una imagen de 2001. / E. C.
Para encontrar las vinculaciones entre el título de Príncipe de Asturias y el Principado hay que remontarse necesariamente seis siglos atrás. Fue en 1388 cuando, según explica el catedrático de Historia Medieval, Juan Ignacio Ruiz de la Peña, Juan I de Castilla otorgó a su hijo y sucesor, el Infante don Enrique -futuro Enrique III- y a Catalina de Lancaster, en vísperas de su matrimonio, los títulos de Príncipe y Princesa de Asturias. Desde entonces, la Baja Edad Media, se ha mantenido este honor para los herederos de la corona de Castilla, que no era diferente del que dio nacimiento, por ejemplo, al Principado de Gales.

Naturalmente, los tiempos cambian. Y aquel señorío jurisdiccional hoy no mantiene las mismas fórmulas ni las mismas formas. Como tampoco la Junta General que se adscribió a su origen.

De ello son buena prueba los discursos que desde 1981 don Felipe de Borbón y Grecia ha pronunciado año tras año en el ovetense teatro Campoamor con motivo de la entrega de los Premios que llevan su nombre.

El año 1981 fue decisivo en la Historia de la España democrática. Y ese fue el año elegido por el Rey Juan Carlos I para que su hijo estuviera presente por primera vez en un acto público. Un gesto significativo. Pero antes de la intervención del Príncipe de Asturias, el poeta y Premio Príncipe de Asturias de las Letras, dictaría su humilde lección, recordando, para empezar que «los Premios aspiran a revitalizar la vida científica, técnica y cultural de Asturias (...) y a crear un vínculo, a la altura del tiempo actual, entre la región asturiana y el Heredero de la Corona de España».

Pero, también: «(...) si el presente no empezase el 24 de febrero, sino que se llamase tarde del 23 de febrero, no estaríamos aquí (...). Tal vez un día comprenderéis la importancia que para España ha tenido esta actitud de Vuestro augusto padre que no ha permitido avanzar un paso más a la tiranía». Se refería a la intervención de Juan Carlos I frente al intento de golpe de Estado encabezado por el teniente coronel Antonio Tejero y el general Milans del Bosch.

Aquellas frases de José Hierro tocaron el espíritu de muchos españoles y, a no dudarlo, debieron impregnar asimismo de algún modo al jovencísimo Príncipe, a quien su padre seguía muy atento la lectura.

Don Felipe de Borbón, en una alocución forzosamente breve y con un comprensible nerviosismo, se pronunció así: «He querido que las primeras palabras en público que pronuncio en mi vida tengan precisamente como marco este Principado de Asturias, cuyo título con tanto honor ostento». En el epílogo, una promesa: «(...) Esta Asturias querida que llevaré siempre en el corazón».

Promesa cumplida. Repasando sus últimas intervenciones en los Premios Príncipe de Asturias, donde parece emitir lo que podríamos llamar sus declaraciones de principios, la fidelidad a las emociones, sentimientos e inteligencia del día ianugural, se observa en grado impecable. Tanto en lo que concierne a su estrecha relación con Asturias, como a su talante profundamente democrático. Uno se atrevería a asegurar que incluso se ha ramificado esa fidelidad a la esfera poética que Pepe Hierro le desveló, lo que se hace presente en las citas literarias -de Borges a Clarín- a las que acude y en un evidente gusto por introducir párrafos líricos.

Veinte años después de aquella fecha, le escuchábamos decir: «No queremos que la historia de los hombres sea una vez más la de las guerras, sino la que se guíe por la voluntad de construir una comunidad universal en paz y libertad». Fue el año de los atentados contra las Torres Gemelas. En Asturias, se celebraba el vigésimo aniversario del Estatuto de Autonomía. Y Felipe de Borbón consideraba los Premios «un luminoso y universal foro de convivencia y cultura».

El año pasado confesaba: (...) regreso a Asturias con la emoción de quien regresa al hogar, a una tierra donde nunca faltan el afecto y el calor humanos. Los asturianos han sabido siempre abrirse a todos los mundos, dialogar, entregarse valerosamente a las causas más nobles».

Hace unas escasas fechas, uniendo asturianía y un latido poético: «(...) estas tierras de cimas tan altas como los vuelos de su espíritu (...). De ese espíritu de concordia nació esta Fundación y, con ella, la maravillosa aventura de estos Premios».

Entre los premiados, San Esteban de Cuñaba, la Asociación de Amigos del Paisaje de Villaviciosa, Soto de Luiña y Novellana, los pastores de los Picos de Europa, Puerto de Vega, Nava, Castropol, Xomezana y el valle del Huerna, Ibias, Tuña, Paredes, Morcín y Navelgas. O sea, los pueblos ejemplares de Asturias, que no son los únicos que ha visitado don Felipe de Borbón. Hasta ahora, nos unían lazos históricos. Desde ahora, se añaden lazos de sangre. Los republicanos seguimos teniendo excusas para adherirnos a este periodo monárquico.