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Sábado, 22 de noviembre de 2003

San Sebastián acoge con calor al Príncipe en su primera visita
Cientos de donostiarras hicieron guardia frente al museo de San Telmo para recibir a don Felipe: «Es una pena que no haya traído a la novia», comentaban


ISABEL IBÁÑEZ/ CARLOS BENITO/SAN SEBASTIÁN

CORDIALIDAD. Juan José Ibarretxe muestra al Príncipe el paisaje donostiarra. / J. J. AYGÜES

Un grupo de mujeres con sus bolsas de la compra aguardaba ayer a don Felipe en el camino que sube desde la playa al Palacio Miramar, en San Sebastián. El cielo, azul.

Un buen día para esperar a un príncipe. A la hora pactada, las 12.30, Su Alteza llegaba en su coche oficial, acompañado de las ministras Ana Palacio y Pilar del Castillo, para iniciar su primera visita a San Sebastián. Al bajar del automóvil, las mujeres aplaudieron, los fotógrafos accionaron sus cámaras, un grupo de 'txistularis' comenzó a tocar y Juan José Ibarretxe salió a su encuentro.

Los bravos y aplausos agradecieron el trabajo de los músicos, y don Felipe se dio entonces la vuelta. «Hay que ver la bahía», dijo. Comentó las vistas durante casi diez minutos con el lendakari Ibarretxe; el alcalde de la ciudad, Odón Elorza, y las dos ministras.

La comitiva desapareció después en el interior del Palacio para visitar el lugar en el que vivió el Rey durante una temporada de estudiante. Ayer, quienes ocupaban algunas de las estancias eran los estudiantes del Conservatorio. Al enterarse, Felipe de Borbón quiso subir a verles. Elorza comentó después la reacción de los pianistas y violinistas: «Cuando ha abierto la puerta se han quedado muy sorprendidos, pero han reaccionado bien. Cuando ya se alejaba por los pasillos se han asomado y le han empezado a gritar 'enhorabuena, enhorabuena', por la boda, claro».

Del rumor al alarido
Después el Príncipe se dirigió al Museo de San Telmo para inaugurar la exposición dedicada a Miguel López de Legazpi, aquel aventurero vasco que consiguió para España las islas Filipinas. Allí otros cientos de ciudadanos esperaban su llegada con serenidad y en un orden modélico.

Hasta que, de repente, un rumor fue subiendo de volumen y se convirtió en alarido. Aparecieron los coches oficiales y se acabó la serenidad. «¿Hola, don Felipe!», «¿Guapo!», «¿Muchas gracias por venir!», gritaban las primeras filas. «Independentzia!», salía de un rincón de la plaza.

Don Felipe sonrió, saludó con la mano y entró al Museo de San Telmo. Y la gente se quedó otra vez silenciosa, como si no hubiese sido más que un brevísimo sueño.Corrieron los comentarios de siempre, pero buena parte de las conversaciones versaban sobre Letizia Ortiz. «Es una pena que no haya traído a la novia, porque es muy maja, muy sencilla», decía una señora.

«Hay tiempo de sobra: cuando se casen, la tiene que traer», comentaba otra.«¿No te cases con Letizia, cásate conmigo!», llegó a suplicar una joven sudamericana. Don Felipe se saltó el protocolo y se acercó a saludar a las primeras filas. Pero, entre tantos saludos especiales, hubo uno especialísimo. Una chica ciega, con la mano extendida, notó que alguien se la estrechaba y preguntó:

-¿Quién ha sido?

-¿Ha sido el Príncipe! -le respondió su madre.

-Pues no tiene mano de príncipe. Parece de currante, dijo.