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CIENCIAS SOCIALES
Ralf Dahrendorf
ALBERTO HIDALGO TUÑÓN
Profesor de sociología del conocimento Para no equivocarse
Ignoro los nombres de la mayoría de los 35 candidatos que concurrieron este año al Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, pero a la vista de que el sociólogo Ralph Dahrendorf se impuso en las últimas votaciones al semiólogo búlgaro Tzvetan Todorov y al filósofo alemán Rüdiger Safranski, así como a la ancianísima neurofisióloga italiana de origen judío Rita Levi-Montalcini, es obvio que el jurado presidido por el inmortal Fraga Iribarne no quiso arriesgarse lo más mínimo, limitándose a votar a un clásico. Los méritos de la senadora vitalicia italiana, aparte de seguir siendo políticos y humanitarios, ya fueron reconocidos con el Premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1986, mientras los del hipercrítico Todorov, además de controvertidos para el pensamiento totalitario, apenas satisfaría a los más radicales. Quedaban, pues, dos alemanes, pero el más joven era más conocido por sus biografías de Heidegger o Nietzsche que por sus contribuciones a las ciencias sociales. Conclusio patet.
Y es que a sus 78 años, el pulcro y aséptico Dahrendorf lleva más de cuarenta en el candelero por su desconcertante teoría del ‘conflicto social’, presentada en un libro que vio la luz en 1959 (Las clases sociales y su conflicto en la sociedad industrial) que parecía marxista, sin serlo, al tiempo que prometía explicar el cambio social ¡qué digo sin derramamientos de sangre, sin ni siquiera despeinarse! Pronto traducido al español, todavía recuerdo a un compañero de curso defendiendo impávidamente la naturaleza ‘objetiva’ del conflicto social repitiendo cual papagayo algunas de las puyas más celebradas del alemán contra el psicologismo: «El supuesto de que existen intereses objetivos asociados a las posiciones sociales carece de implicaciones o ramificaciones psicológicas», porque las clases sociales son grupos organizados de interés «y son los verdaderos agentes del conflicto», para el que no se necesita conciencia de clase ni espíritu hegeliano de ningún tipo, como decía Luckàcs, ni siquiera compromisos existencialistas (a lo Sastre), sino sólo «una estructura, una forma dada de organización, un programa u objetivo y un personal integrado por sus componentes». Imagínense el efecto de estas doctrinas en el hervidero antifranquista del 68. ¡Cómo tranquilizaba saber que no era la propiedad, sino las posiciones de poder la razón del conflicto social que vivíamos en España!
En este sentido Ralph Dahrendorf contribuyó mucho más que Althusser al afianzamiento del estructuralismo y al advenimiento de la democracia en nuestro país, si bien, cuando la lucha política entre partidos organizados (que no clases sociales) se encarnizó, hizo exclamar a sus lectores ¡Contra Franco vivíamos mejor! Sólo por eso el filósofo y sociólogo alemán merecería el galardón recibido en Asturias, aunque deje sin explicar las razones político-sociales (y tal vez psicológicas) que siguen enquistadas en el corazón de los españoles, bloqueando su reconciliación.
Pero más que sus manuales e investigaciones sociológicas (Teoría social, 1968; Por un nuevo liberalismo; 1988; El conflicto social moderno, 1994, Homo sociologicus, etc…) el jurado ha valorado sus contribuciones a la consolidación de la Unión Europea, como ministro de Exteriores alemán, primero, y luego como comisario de la UE, pero, sobre todo, como propagandista de las «sociedades abiertas y cosmopolitas» en la que «arraiguen y se defiendan los derechos y libertades dentro de un nuevo orden internacional, que garantice la extensión universal de las oportunidades vitales, en una democracia asentada en el derecho y la justicia».
Esta apreciación del jurado no es una cita inocente de sus ‘Reflexiones sobre la revolución en Europa’, (1991). Aunque para el caso español suponga un respaldo al paradigma de la educación para la ciudadanía frente al comunitarismo católico conservador (¡Salve Fraga!), la teorización de Dahrendorf consagra el compromiso entre el liberalismo económico, político y ético (que reconoce, en efecto, el derecho a la inclusión de los individuos como sujetos de derechos y deberes humanos fundamentales) y el Estado de Bienestar, por otro, que garantiza el orden social a través de un marco regulativo macroinstitucional de tipo social-demócrata. En fin, lo que Romano Prodi llama el lib-lab. La crítica que solemos hacer desde la sociedad civil a este compromiso es que, al desactivar la responsabilidad social de los ciudadanos, se acaba minando la solidaridad que es la que sirve de fundamento al propio Welfare State.
Es cierto que Ralph Dahrendorf practica también el escepticismo crítico y no le falta razón cuando denuncia que los sociólogos utilizan las diversas teorías de las clases «como sustitutivo académico para una verdadera pugna de convicciones políticas». Pero al haber sido uno de los artífices de la disolución conceptual de las clases sociales, que llevó a poner en primer término la dialéctica entre ‘orden’ y ‘conflicto’, no parece que el mero reconocimiento de los problemas subsiguientes (por ejemplo, la amenaza de un «desempleo duradero y resistente» convertido en un problema irresoluble ligado al surgimiento de una nueva «subclase social» de parados) sirva para solucionar el conflicto a base de coerción jurídica y denuncias ético-morales contra la voracidad del capitalismo.
No quieran oír las consecuencias que sacan muchos dirigentes latinoamericanos, por ejemplo un Cesar Gaviria, de los diagnósticos de Dahrendorf. En román paladino: «El capitalismo está tan crecido, porque el trabajo ya no vale nada». No estaría de más que el académico, el crítico, el intelectual que sin duda es Ralph Dahrendorf saliese al paso de estas tergiversaciones. |
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