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COOPERACION INTERNACIONAL
Al Gore
Una verdad moral
Perdió la carrera a la Casa Blanca por una decisión judicial sin precedentes, pero su documental sobre el cambio climático le ha valido el Premio Príncipe, un Oscar y el Nobel
Alberto Piquero
Me sentí muy honrado al saber esta mañana que he sido galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional. El grave problema del clima es una auténtica crisis para el planeta y un desafío para toda una generación, que requiere soluciones inmediatas y coordinadas de carácter internacional». Para que Al Gore redactara este texto, firmado en Nashville, Tennesse, el 6 de junio de 2007 hubo de transcurrir una larga historia, que comienza el 31 de marzo de 1948, fecha de nacimiento del agradecido galardonado.
Hijo de Al Gore Sr. y de Pauline LaFon Gore, en el documental que la valió un Oscar en 2006, tras ser presentado en el Festival de Sundance, ‘Una verdad incómoda’, recuerda una infancia feliz, rodeado por la naturaleza del rancho familiar. Ayudaba en las labores que comprendían la cría de toros y el cultivo del tabaco (actividad que su progenitor abandonó tras descubrirse las íntimas relaciones entre el consumo de la planta elaborada para fumar y la propagación del cáncer). Y lo hacía con gusto, pues confiesa que tardó mucho tiempo en distinguir «la diversión del trabajo».
De su padre, que también fue senador, ha de venirle la vocación política que emprendió tras graduarse en la prestigiosa Universidad de Harvard.
En 1976, ya era congresista por Tennesse. En 1984, senador en representación del mismo Estado, cargo que repitió en 1990. Por el medio, en 1988 optó a la nominación demócrata para la presidencia de los Estados Unidos, sin lograr el objetivo. No obstante, de la mano de Bill Clinton, accedería a la vicepresidencia norteamericana el 20 de enero de 1993, puesto en el que ejercería sus funciones hasta el 20 de enero de 2001.
Fue un vicepresidente demócrata visible, pero muy diferente a los republicanos que le antecedieron y sucedieron, el joven Dan Quayle y el veterano Dick Cheney.
Se puede hablar de un estilo personal, el cual le catapultó a presentarse a las elecciones del año 2000 tras obtener –esta vez, sí– la nominación del Partido Demócrata.
Hubo comentaristas políticos que le endosaron a lo largo de aquella campaña una cierta frialdad académica, en oposición al desparpajo texano del que hiciera gala George Walker Bush. Y a esa supuesta rigidez intelectual, se le atribuyó la causa de su derrota en las urnas. Aunque lo cierto es que en el cómputo del voto popular, Al Gore saldría victorioso. 48,4 por ciento, frente al 47,9 de Bush. Sólo un reparto de compromisarios que no se compadece con el número total de votos emitidos y el muy debatido resultado que se produjo en Florida, le apartaron del camino hacia la Casa Blanca para el que parecía destinado.
En todo caso, Al Gore ha reconocido que su vocación política, desde edades muy tempranas, ha estado influida notablemente por la aspiración de cambiar las cosas, en particular por lo que se refiere al medio ambiente. Y ese empeño se ha visto multiplicado a través de conferencias por todo el mundo después del abandono de la política activa en primer plano.
Los más críticos le reprochan que durante su mandato en la vicepresidencia de los Estados Unidos, se negara a firmar el protocolo de Kioto. Sin embargo, no se podrá decir que su activismo en favor de la causa ecológica no haya mantenido una coherencia que arranca de lejos, ya desde que en 1992 publicó lo que podría ser el libro precursor de ‘Una verdad incómoda’, ‘Earth in the Balance: Ecology and Human Spirit’.
El documental ha tenido asimismo algunos objetores, que en este caso apelan a presuntas hipérboles en el manejo de los datos, como si el político riguroso, trasladado al campo científico que le procura más desvelos, hubiera querido salirse del guión estricto. No han faltado imputaciones acerca de las interferencias emocionales en su planteamiento. Sin embargo, más allá de las posibles proyecciones de futuro con sesgo alarmista, ‘Una verdad incómoda’ es un documento sobrecogedor. Y ha relanzado la imagen de Al Gore de forma extraordinaria. Primero, le valió un Oscar. Luego el galardón que ahora recogerá en Oviedo y apenas quince días, el Nobel de la Paz.
Y además, su obra no parece estar tan lejos de la verdad como algunos quisieron ver. Un muestreo exhaustivo de las revistas especializadas a lo largo de los últimos catorce años, refleja que no existe una sola aportación de los expertos en la que se niegue que la mano del hombre y sus tecnologías están precipitando el cambio climático de manera acelerada. Ni un solo científico se sitúa en la orilla de las dudas.
Pero si trasladamos ese análisis a las firmas de los medios de comunicación ordinarios, nos encontraremos con que más del cincuenta por ciento de aquellos que opinan en esta materia, atendiendo a razones vidriosas, se colocan en posiciones equidistantes. Ni afirman, ni refutan. Pero dejan en el aire –nunca mejor dicho– la convicción de que todo puede seguir igual.
¿A qué puede deberse esta desproporción entre el consenso de la comunidad científica y la difusión ordinaria del problema? Para Gore, el asunto está claro. Se trataría de intereses «deliberadamente creados en la opinión pública por unas minorías».
Esa es una de las principales batallas que libra el hombre oriundo de Nashville, la perentoria necesidad de que tomemos conciencia acerca de los riesgos del incremento de dióxido de carbono en la atmósfera, que no podría obedecer a a los ciclos naturales conocidos a lo largo de los últimos 650.000 años.
Implicación política
Su cometido, asegura, es el de separar «la verdad de la ficción». Y para ello señala los signos que hemos de descifrar. Así, el hecho de que la capa de hielo del Océano Glacial Ártico «haya disminuido un 40 por ciento en los últimos cuarenta años». O que en la Antártida, una superficie del tamaño de un pequeño Estado norteamericano se fundiera en diez días. El puntero no se detiene en los cascos polares. Apunta en muy dispersas direcciones. De las nieves del Kilimanjaro a los Alpes suizos.
Y en cuanto a la aparente paradoja de que el cambio climático esté ocasionando fenómenos contradictorios, grandes tormentas junto a enormes sequías, la explicación vendría dada porque se produce simultáneamente la evaporación de los océanos y la absorción de humedad de la Tierra.
De modo que no hay incongruencia entre el aumento de nivel y mayor frecuencia de huracanes y tifones, y la desecación del lago Chad, por ejemplo. Las hambrunas de Darfur y Níger no serían ajenas a estos acontecimientos.
En cuanto a la imposibilidad de conciliar crecimiento económico y salvaguardia ecológica, Al Gore se pregunta: «¿Qué tipo de crecimiento económico si arruinamos el planeta?». A su juicio, nos enfrentamos a un dilema más que político, «fundamentalmente moral»
En el fondo de la cuestión, late otra de las máximas de Al Gore, que «viejas costumbres a las que se agregan nuevas tecnologías, traen consecuencias funestas».
¿Cómo regular el beneficio de las nuevas tecnologías sin sufrir efectos perversos? El ex-vicepresidente de Clinton reclama la intervención de todos los ciudadanos. «Tengo tanta fe en el sistema democrático», explica, «que pensé que el Congreso de los Estados Unidos reaccionaría. Pero no fue así». La fe la preserva porque «la voluntad política es un recurso renovable»; es decir, queda a expensas de los electores. |
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