27 Premios Príncipe de Asturias
El camino del éxito
Los Premios Príncipe de Asturias aspiran a convertirse en las distinciones más prestigiosas del mundo, una meta que la Fundación considera irrenunciable
Rachel A. San Juan
El camino es largo. Y tendrá obstáculos. Pero los cimientos son sólidos. No admiten derrumbamientos. La Fundación Príncipe de Asturias nació en una España recién salida de la dictadura. Eran tiempos difíciles. Hoy es un referente ético e intelectual en todo el mundo.
Ni siquiera sus organizadores se atreven a presagiar el futuro de los premios, pero su historia demuestra que cada año han alcanzado una nueva cota. Las fronteras geográficas han caído paulatinamente. El océano no es lo suficientemente grande para frenar el avance cultural.
Graciano García, director de la Fundación, ha acuñado una frase que explica la naturaleza y la evolución de stos galardones: «Los antiguos decían que no hay ningún viento favorable para quien no sabe adónde va. Nuestra meta más importante es lograr que los galardones sean cada vez más un gran patrimonio cultural y moral de España ante el mundo, y que algún día sean los más importantes. Ese es el camino y la meta es irrenunciable».
Hasta ahora se han alcanzado todos los objetivos. La visión que tuvo Graciano García, hace más de dos décadas, y que compartió con Sabino Fernández Campo, no ha hecho más que crecer y tomar forma. Se ha ido puliendo con los años. Como un diamante. El resultado es la prueba. Los galardones que se entregan en el Teatro Campoamor, el último viernes de octubre, son un acontecimiento de repercusión mundial. El espíritu sigue siendo el mismo que cuando nació. No ha habido fisuras. La puesta en escena es la misma, solemne, impactante.
Hace unos años, los Premios Príncipe de Asturias vivían a la sombra de los Nobel. Los Premios Príncipe de Asturias tienen sólo 27 años de vida, mientras que su ‘hermano mayor’ existe desde 1.901. De todas formas, los galardones asturianos han tenido una proyección espectacular y han superado todos los obstáculos que les han dificultado el camino.
La historia se ha encargado de poner cada cosa en su sitio. Las diferencias económicas entre ambos premios siguen siendo grandes, aunque el prestigio está casi en el mismo plano. De hecho, en 2005 se cumplieron veinticinco años de la creación de los Premios Príncipe de Asturias y la celebración fue la propia de un evento mundial. Con este motivo, la UNESCO, en una declaración extraordinaria, decidió reconocer la «excepcional aportación de los Premios Príncipe de Asturias al Patrimonio Cultural de la Humanidad» y auspició los actos conmemorativos del XXV aniversario de los Premios con el fin de convertir a Asturias en «Capital Mundial de la Cultura» durante el período de celebración.
Con el paso de los años la Fundación ha conseguido consolidar los objetivos primordiales de estrechar los vínculos existentes entre Asturias y el Príncipe, y ha contribuido a la exaltación y promoción de cuantos valores científicos, culturales y humanísticos son patrimonio universal.
Isaac Rabin, cuando acudió a Oviedo a recoger su premio, vio a la multitud en la calle y declaró que «un pueblo que demuestra así su gratitud y su admiración por las causas más nobles no puede temer al futuro». Los Premios Príncipe de Asturias tampoco. Tienen el respaldo y el respeto de mucha gente.
Treinta años
Después de esta edición, los galardones asturianos se asoman a los treinta años de historia. Una fecha clave. Tres décadas de recuerdos imborrables y de continua evolución. No en vano, los últimos años han sido determinantes para el desarrollo de los premios. Han crecido. Han madurado. Su repercusión es cada vez más grande. También el nombre de los galardonados que acuden a recogerlo.
La lista de futuros candidatos es muy larga. Este año, por ejemplo, se quedaron a las puertas, entre otros: el arquitecto Frank Gehry, el economista Michael Stern, o los tenistas Roger Federer y Rafael Nadal. Este último representa el presente y el futuro del deporte español. Y como señalaba el jurado de los Deportes «lo ganará en un futuro, seguro».
Cuando expire esta edición, el telón del Campoamor se volverá a bajar, las luces se apagarán y Oviedo volverá a recuperar la tranquilidad. Por poco tiempo. En varios puntos del planeta hay personas que continúan haciendo méritos para merecer algún día este premio. Ellos determinarán el futuro de los galardones. Como en todo, el techo y el límite lo pondrá el hombre.
El próximo año, el Teatro Campoamor de Oviedo se volverá a erigir en el símbolo de la cultura mundial. Un cuadro de honor de la humanidad que se amplía. Una edición más. Serán ya veintiocho.
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