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FIDEL CANO CORREA
Director de El Espectador (Colombia). Premio Príncipe de Asturias
Veinte años después

Eran tiempos difíciles. De grandes luchas, de desafíos a las convicciones, de lágrimas y desazón, de enorme incertidumbre. La muerte rondaba la sala de redacción; y los camiones de distribución; y el paso cotidiano de todo aquel que trabajara en El Espectador. Apenas un año antes, el director insigne de este periódico, don Guillermo Cano Isaza, se había desangrado en frente del edificio a causa de los ocho balazos que le enviaron los capos del narcotráfico a los que valientemente había denunciado.

Las preguntas eran repetitivas cuando llegó la noticia: ¿Valía la pena seguir en la lucha por hacer de Colombia un país más decente? ¿Debía un simple periódico de una maltratada nación como Colombia asumir el peso de una guerra mundial contra las drogas tan llena de hipocresías? ¿Reconocía alguien las batallas suicidas por la dignidad que estaba dando El Espectador, con la palabra y las ideas como únicas armas?

Fue en medio de ese ambiente agobiante cuando llegó a la redacción un cable noticioso de la agencia Efe. El Espectador había sido galardonado con el prestigioso Premio Príncipe de Asturias en su modalidad de Comunicación y Humanidades, por «su testimonio solidario de coraje en la denuncia del narcotráfico y la violencia terrorista». Y, resaltaba el jurado, en reconocimiento a la «lucha permanente e insobornable que adelantó don Guillermo Cano por más de 25 años al frente de El Espectador, hasta el momento de su asesinato, el pasado 17 de diciembre» (1986).

El premio no mermó el dolor, no regresó a la vida a don Guillermo, no hizo más fácil la batalla. Al asesinato de su director, el periódico hubo de sumar en los años posteriores –por la valentía con que continuó su trabajo periodístico– la muerte de varios otros colaboradores, las amenazas constantes a anunciantes y colaboradores, la prohibición tácita de circular en regiones clave del país, un bombazo con un camión repleto de explosivos frente a sus instalaciones y, al fin, la inevitable quiebra económica, la venta del diario y la obligación de restringir su circulación a solamente un día a la semana. Todo por denunciar la triste suerte que se anunciaba ya para Colombia si no se enfrentaba sin eufemismos el poder corruptor y sanguinario del narcotráfico.

Con todo, la media luna de Miró que desde entonces, y aún hoy, preside la sala de redacción de El Espectador fue en aquel momento un impulso extraordinario al periodismo muchas veces malentendido que proponía el diario en un país que por ese tiempo se sentía derrotado y empezaba a creer que resultaba un simple acto de supervivencia el abandonar la batalla y darles vía libre a los carteles de la droga. En una palabra, el premio enviaba el mensaje a esa redacción tan llena de incertidumbres de que valía la pena seguir asumiendo el riesgo, de que había quienes entendían el valor de esa batalla por la dignidad.

Han pasado 20 años ya de ese premio y resulta difícil hacer el balance de su significado para la vida misma de Colombia. Hay quienes piensan que en efecto se trató de una batalla inútil y perdida, pues finalmente el narcotráfico se impuso y aún hoy muestra su poder en el país. Pero también hay quienes pensamos que, si bien es cierto que el narcotráfico dominó la suerte del país durante años y sigue siendo eje central de poder en Colombia, de no haber sido por la labor heroica de la prensa colombiana, encabezada por El Espectador, el país habría sucumbido fácil y definitivamente a la seducción del dinero fácil y la amenaza del terror.

La dignidad, pienso, se protegió en el país, a pesar del poder inmenso que tuvo y tiene el narcotráfico en Colombia.

Ahora bien, me han pedido los editores de EL COMERCIO que intente ligar de alguna manera lo que significó el premio que recibió El Espectador con los muy honrados ganadores de este año en esa misma categoría de Comunicación y Humanidades: las prestigiosas revistas Science y Nature. No es fácil hacerlo, dada la naturaleza de la batalla por la cual fue premiado El Espectador. Pero hay coincidencias. Primero, porque las tres publicaciones nacieron a finales del siglo 19 con la misión de promover ideas modernizantes: las dos hoy premiadas para abrir el espacio a la ciencia frente al oscurantismo, El Espectador para defender las ideas liberales frente al oscurantismo que representaba la hegemonía conservadora que dominaba entonces a Colombia.

Pero llevadas al extremo las coincidencias entre el premiado de hace 20 años y los de hoy, se podría decir que cada lucha tiene su momento y su lógica. Y el aporte de Nature y Science por advertir la importancia central que una ciencia en buenas manos tiene para el futuro del planeta es equivalente al que tuvieron las advertencias de El Espectador sobre los efectos que la plaga del narcotráfico tendría para el futuro de Colombia. Cada uno a su manera y en su justa proporción se han levantado para decir unas cuantas «verdades incómodas», como diría otro de los ganadores de hoy, para hacer del lugar donde se vive un mejor hogar.


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