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INVESTIGACION CIENTIFICA Y TECNICA
Peter Lawrence y Ginés Morata


JAVIER A. MENENDEZ
Coordinador de la Unidad de Investigación Traslacional
en Oncología del Instituto Catalán de Oncología en Girona
Cuando los genes dibujan...

Segmentos. Eso es lo que vemos la primera vez que somos conscientes de nuestro cuerpo reflejado en un espejo. Cabeza, brazos, piernas, tronco. Todo aparece en su sitio. Pero, ¿por qué? ¿Cómo? Si pasáramos a través del espejo –como Alicia en el famoso relato de Lewis Carroll– encontraríamos a Ginés Morata y Peter Lawrence para responder a nuestras preguntas. Y de la misma manera que Alicia se ve envuelta en una loca partida de ajedrez en la que el autor va proporcionando a la protagonista una lista de movimientos correctos y erróneos, Ginés Morata y Peter Lawrence nos descifrarían las reglas del juego, del por qué y del cómo nuestros segmentos parecen lo que son y aparecen donde deben, y cuando deben.

Detrás del espejo Ginés Morata, un almeriense en Cambridge, feudo británico de Peter Lawrence. Un inicio compartido hace ya más de 30 años y un camino que siguen recorriendo estos dos biólogos que un día nos descubrieron que los genes tienen mucho que ver con el arte, pues son capaces de dibujar líneas en el espacio y en el tiempo, líneas de cuatro-dimensiones que esculpen (y también demuelen) nuestra arquitectura a lo largo de los años.

‘The making of a Fly’ (1992), tal vez el más famoso de los libros escritos por Peter Lawrence acerca de la arquitectura biológica de la mosca Drosophila melanogaster (que aunque mosca, no deja de compartir más del 60% de sus genes con todas las demás especies, incluida la humana) continúa siendo una lectura obligada para aquellos que, desde el laboratorio, pretendemos entender el lenguaje de los genes en la salud y especialmente en la enfermedad.

Y si no trabajamos en un laboratorio, siempre resulta interesante saber cómo nuestro diseño, más que un ‘prêt-à-porter’ parisino, es más bien una cuestión de genes. Ginés Morata, que ahora recibe el testigo de su maestro y también premio Príncipe de Asturias, Antonio García-Bellido, no ha dejado ni dejará de formar alumnos en la Escuela de Biología del Desarrollo de España, una de las grandes aportaciones al conocimiento de la (difícil y dificultosa) Ciencia de nuestro país. Aunque desvelar cómo el desarrollo de una mosca se establece por bloques o compartimentos de células independientes no parece muy vistoso para la prensa –y si no es noticia, a quién le puede interesar–, no debemos olvidar que estos mismos gradientes moleculares (como notas de una partitura) y conjuntos de genes (como las teclas de un piano) que Ginés Morata y Peter Lawrence han descrito en una pequeña mosca son los mismos que orquestan nuestro desarrollo como humanos.

Si entendemos nuestro arte genético –y a este entendimiento ha contribuido enormemente el dueto Morata & Lawrence– tal vez podamos desvelar, en un futuro, informaciones cruciales sobre la regeneración de órganos. Tal vez podamos re-escribir la partitura de nuestro desarrollo y, sin equivocarnos, volver a re-pintar algunas líneas poco nítidas o ya borradas totalmente. Los descubrimientos de Ginés Morata y Peter Lawrence aportan más aún. Cuando los genes dibujan las líneas equivocadas en el espacio nos podemos encontrar con un miserable pasajero, el cáncer. Cuando los genes ya no pueden conseguir la nitidez de sus dibujos con el paso del tiempo, encontramos nuestro destino, el envejecimiento. Y el ‘relojero ciego’ que es nuestra evolución, la evolución en general, se olvida de nosotros en la ancianidad y nos explica –con cierta crueldad– que es mentira que estábamos irremediablemente programados para convertirnos en un montón de arrugas.

Un alumno aventajado, ‘nuestro’ profesor Carlos López-Otín, ha sido quién ha abierto la ‘caja de Pandora’ que Morata & Lawrence habían dibujado con sus genes para desvelarnos las bondades y desgracias de nuestro ‘reloj biológico’. En realidad, nuestros genes, , empeñados en nuestros primeros años de vida en evitar fallos en el boceto –es decir, la aparición de tumores– han acabado por gastar el lienzo de tanto corregirlo, y nuestro inexorable envejecer no es más que el precio que hemos pagado por mantener vivo nuestro cuadro, por mantener bien definidos nuestros segmentos.


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