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27 Premios Príncipe de Asturias


JOSE LUIS RODRIGUEZ ZAPATERO
Presidente del Gobierno de España

Premios Príncipe de Asturias, la identidad compartida

El escritor Ernesto Sábato solía decir que ejercía el periodismo cuando sentía la necesidad de «nombrar la verdad». Los Premios Príncipe de Asturias ejercen cada año otra necesidad: la de nombrar los sueños, la de premiar a los que transformaron su particular utopía en un avance compartido con toda la Humanidad. Recompensan a los que buscan «respuestas en el viento», como diría Bob Dylan, uno de los galardonados.

Si algo nos define como seres humanos es la capacidad para sobreponerse a cualquier avatar, para poner un pie delante del otro y mirar hacia delante. En todas las sociedades, y en todos los tiempos, los hombres más valiosos son los que se empeñan en el esfuerzo, los que oponen su tenacidad al conformismo y a la comodidad de lo comúnmente aceptado. Los Príncipe de Asturias premian precisamente esa hazaña de la voluntad. Y creo que esa es la razón del enorme prestigio que estos galardones han alcanzado en sus ya casi treinta años de vida. Los premiados nos honran, pero también se sienten honrados, como recordaba este mismo domingo la escritora Doris Lessing. Al ser entrevistada a propósito del Nobel que acaba de obtener, Lessing recordaba al periodista que sí, «ahora tengo el Nobel, pero antes me dieron el Príncipe de Asturias».

Estos premios se han convertido en símbolo de la España moderna. Este país dinámico se siente a gusto premiando a los creadores, a las personas que se atreven a convertir una esperanza en una estrategia y concepto concretos, a desarrollar una idea hasta hacerle adquirir la consistencia de una herramienta capaz de transformar la realidad. Nuestros galardonados son gente práctica, libre, dotada de una especial inclinación al trabajo, aunque ese trabajo, como el caso de Al Gore o el escritor israelí Amos Oz, consista en lo más difícil: en difundir verdades incómodas.

Nuestros premiados son los líderes insobornables a los que hace ya casi veinte años, en la ceremonia de 1989, se refería Stephen Hawking. Son «las mentes inquisitivas» que pensarían aunque no se les pagase por hacerlo, los que convertirían el pensamiento en una barricada contra un hipotético «estado mundial totalitario, que suprimiese cualquier innovación». Hawking conoce mejor que nadie el poder de la mente.

Capacidad para rebelarse, para tener esperanza. Ese es el credo vital de Hawking y de todos los premiados a los que hemos acogido año tras año en el Teatro Campoamor. Quizá la capacidad de experimentar ese sentimiento de libertad defina más a un ser humano que su pertenencia a una clase social, una nación o un credo religioso. Siempre he creído que el único territorio en el que debe debatirse la identidad es el de los sentimientos compartidos. Y los españoles, desde luego, estamos indudablemente unidos en torno a un sentimiento: el orgullo que compartimos por ofrecer a la comunidad internacional nuestros Premios Príncipe de Asturias.

Edición tras edición, los galardonados nos regalan palabras elegantemente humildes, pero todos los años renovamos la impresión de que los Premios Príncipe de Asturias siempre relatan historias de héroes, relatos de superación. Nos emociona saber a quién se premia y por qué. Probablemente porque, como dice Paul Auster , «nos hacemos mayores, pero no cambiamos, (…) en el fondo seguimos siendo como cuando éramos pequeños, criaturas que esperan apasionadamente que les cuenten otra historia, y la siguiente, y otra más».


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