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| Entre Gijón, Valparaiso y Buenos Aires LUIS ANTONIO ALIAS
A fin de cuentas, sin agudizar la mirada y al paso, se supone, sin más y ya es mucho, una coqueta y bien surtida tienda de barrio con activo rincón panadero. Pero la curiosidad que desprende un escaparate atractivo, arte éste de componer cuadros artísticos con mercancías en el que Gijón y Oviedo llevan dos siglos destacando, provoca el acercamiento y entonces surgen las especificidades. La primera el mate, ‘yerba’ que depositada en un recipiente de calabaza, madera o metal, y cebada con agua muy caliente, se sorbe a través de una bombilla o caña delgada de almendrada y agujereada cabeza filtradora. Un ángulo agolpa calabazas y bombillas; las hay sencillas, grabadas, repujadas de cuero y metal: los utensilios del ritual nacido entre los guaraníes, sacralizado entre argentinos, uruguayos y paraguayos, y universalizado por Martín Fierro y otros gauchos legendarios, van de la caña y el vaciado manual a la orfebrería delicada e inestimable. ¿Y qué aporta el mate? Domingo Martínez de Irala, explorando tierras guaraníes, se sorprendió de la talla, vigor físico y vida media de los indios que consumían, infusionadas y sorbidas con cañas, hojas del Caa, árbol donado –decían– por Tupí, su principal dios; gustaron los conquistadores del XVI y el consumo de la ritual bebida adquirió tal fuerza entre los criollos de la anchurosa región platense, que de nada sirvieron las prohibiciones eclesiásticas contra los paganos efectos euforizantes y afrodisíacos. Sólo el té para ingleses y japonés, o el café para colombianos, pueden considerarse prácticas nacionales comparables, no obstante España permaneciera al margen y apenas alcanzara Asturias en el equipaje de algunos indianos. Por cierto, durante muchos años, si un sudamericano te preguntaba en Gijón dónde adquirir mate, sólo cabía una respuesta graciosamente equívoca: en La Argentina (supermercado, claro). «Dispongo de una treintena de diferentes marcas de mate uruguayo y argentino, y cada cual suele apuntarse casi de por vida a la suya; los uruguayos consumimos el mate bien refinado, los argentinos prefieren menos elaboración e incluyen palo. Aunque vecinos y similares en procedencia e idioma, no calzamos los mismos gustos, así que traigo de cada país». Volveremos otro día sobre el mate, sólo déjenme adelantarles algunas reconocidas propiedades medicinales: antioxidante, antiespasmódico, laxante, estimulante, antidepresivo, anticaries, adelgazante, anticolesterolémico... Tupí fue generoso otorgando propiedades a la mateína, el alcaloide principal que actúa directamente sobre el sistema nervioso central. La dueña, una sonriente joven que trata de controlar al simpático diablillo de su niño, se llama Silvia Ivonne Peláez Mayero, y nació en la ciudad uruguaya de Flórez. «Nieta de españoles, vine con 17 años y gusté de Gijón, donde trabajé de ayudante de cocina y cocinera; cuando puse un asador aquí cerca, se me acercaban compatriotas preguntándome si disponía productos de la patria lejana, y terminé decidiéndome por cubrir las compras cotidianas del vecindario local, y las nostálgicas de los inmigrantes». Vinos argentinos de Mendoza o Salta, uruguayos de Bella Unión, sidra achampanada porteña, licores de caña, whiskies, refrescos, conservas cárnicas, chimichurris, polentas, pastas, dulces de leche, dulces de batata, turrón de maíz, chocolates, cafés, galletas, salsas, especias, helados... Todo un resumen del Mercosur alimentario.
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