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Primavera de huerta escasa Estamos pagando caras las heladas padecidas, y es que no siempre año de nieves se transforma en año de bienes; al menos en su comienzo LUIS ANTONIO ALIAS
La anuncian, más aún, la proclaman, mediante los cremosos corazones de las amuralladas alcachofas, las verdes suavidades de los fréjoles, el florecimiento crujiente de las lechugas, el imprescindible rojerío de los tomates, la blancura carnosa de los puerros, la gloriosa diversidad de las peras, el picante acompañamiento de las cebollas atemperado en las cebolletas, las olorosas rusticidades de la berza, del repollo, de la coliflor que sus primos aristocráticos –lombardas y coles de bruselas– disimulan pero no mejoran, el plenamente asturiano kiwi merecedor de autóctona –quigüy– grafía, la erótica acidez de fresas y fresones, los pomelos de ajuares y armarios, el refrescante limón de cada día, las naranjas lozanas y jugosas, los juncales espárragos trigueros y camineros, las endivias enamoradas del vapor o del cabrales, los humildes y relegados nabos del pote aldeano que ahora regresan triunfantes a la alta cocina, los atrebolados berros de los regatos, las patatas tempraneras de San José, las oftalmológicas zanahorias... Vamos a soslayar la archiconocida realidad de que el producto de temporada, gracias a las artificiosidades necesarias de los mares de plástico y de las bioingenierías, hace tiempo que abandonó los ciclos marcados por la naturaleza y el ‘Almanaque Zaragozano’: los países desarrollados disfrutamos cosechas perpetuas de casi todo, y si la agricultura fijó calendarios desde la revolución neolítica, hoy el transcurso de las estaciones viene marcado por gobiernos, empresas, distribuidoras, subvenciones, demandas, cotizaciones e, incluso, centros comerciales. Y vamos a dejarlo para asumir que la climatología, con sus crecientes alteraciones y desmanes, traspasa fácilmente los livianos blindajes del hombre. Las heladas llevan más de dos meses quemando las jugosas fertilidades de La Rioja, Navarra, Cataluña, Murcia, Valencia y Andalucía, lo que produce aumentos sensibles –del veinte al treinta por ciento– en la generalidad hortofrutícola, llegando las frágiles judías verdes o fréjoles, y las espinacas, a superar el cuarenta por ciento. Y Asturias, tras padecer el invierno más frío de los últimos cincuenta años, ha perdido buena parte de sus recursos bajo las inclemencias meteorológicas. «La ñeve non faz mal, el problema trúxolu el xelu, que arrampló con tó lo sembrao», me dice Luisa, una campesina de Cuna, mostrándome su tristísimo plantío. Pero la primavera ha venido, no importa que «marzo, el muy traidor, conxélate de frío y cuécete de calor». Y con la primavera, las ensaladas, las verduras al vapor o a la plancha, las menestras, las peras al vino, las fresas con nata... Próximamente fructificarán las semillas sembradas y protegidas durante los temporales, y renovarán las actuales ausencias. Entre tanto, buena parte de lo que adquiramos habrá nacido en tierras extracomunitarias, de Argentina a Turquía pasando por Marruecos. ¿Y qué? Un invierno como el pasado, y bastantes sufrimos, todavía provocaba hace unas cuantas décadas, y en extensas zonas de Asturias, la terrible aparición del hambre real, física, miserable, asesina. Hoy por hoy, en el club de países ricos del que somos socios, ese jinete del apocalipsis cabalga lejos. Aunque conviene no olvidarlo. Ni siquiera perderlo de vista. |