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Una bodega en La Mancha Hemos visitado las Bodegas y Viñedos Castiblanque, ejemplo de la cada vez más pujante vanguardia manchega en el Campo de Criptana, bajo los molinos que todavía parecen gigantes LUIS ANTONIO ALIAS
Atravesamos la mayor región vitivinícola del mundo, y aunque pueda sonar exagerado, hectá- reas y producciones cantan: sus viñedos, extendidos por las provincias de Cuenca, Ciudad Real, Toledo y Albacete, suman un tercio del total español, y los rendimientos casi dos tercios de la producción nacional. Pero la nobleza de un espíritu que alegró por igual las cántaras de los figones y las cristalerías de los palacios, sigue mereciendo una atención y un reconocimiento largamente negado de manera injusta y cicatera, a pesar del protagonismo y la colección de elogios que obtuvo en muchas páginas de nuestros siglos de oro. Ocurre que la cantidad, unos dos millones de litros en buena parte gestionados por enormes cooperativas y vendidos a granel, principal materia prima de baratos vinos de mesa y frecuente remedio para las insuficiencias temporales de otras regiones –bastantes veces vistieron etiquetas de denominaciones ajenas– aún oculta unas altas calidades, hijas directas de su clima continental extremo, de de sus pardos suelos calizos, de sus escasas lluvias, y de su sol intenso y prolongado. Y de las iniciativas modernizadoras, seleccionadoras y exigentes de numerosas bodegas. Una nueva generación de profesionales está renovando los caldos manchegos, y demostrando que pueden merecer igual plaza e interés que los riojanos, toresanos, durenses o somontanos. Bodegas y viñedos Castiblanque sirven de ejemplo peripintado. Hace unos meses, de la mano del Aula de Cultura, nos visitaron y ofrecieron, además de la degustación de unos vinos llenos de nobleza, delicadeza y sabor, un inhabitual y fascinador preludio: la representación teatral ‘Don Quijote y el caballero que vino de Castilla’ a cargo de ‘Corrales de Comedias Teatro’, compañía titular del Corral de Comedias de Almagro, escenario único que ejerce de símbolo, reliquia, y activo punto de encuentro de los clásicos castellanos desde el siglo XVI. Castiblanque restauró hace cuatro años una vieja bodega del XIX –la del Montañés–, y conservó las antiguas estructuras de piedra, teja árabe y madera; saneadas y fortalecidas las raíces, y asegurado el trabajo artesanal en los pasos y espacios pertinentes, abordó una innovación tecnológica tan ambiciosa –hablamos de la inversión más grande de la zona– que el visitante no podrá dejar de comprobarla y admirarla de inmediato; bastará con que recorra las propias fincas florecidas de mimadas variedades –garnacha, tempranillo, syrah, cabernet sauvignon, airén, chardonnay, moscatel–, los depósitos de acero, el millar de barricas de roble americano y francés, el equipo de frío, la nave de embotellado y estabilización, la cueva de envejecimiento para cien mil botellas, el laboratorio de control y la inusualmente equipada sala de catas. Allí, o en la quietud del hogar, podemos degustar la gama ‘Ilex’, así llamada en honor de una encina –’Quercus ilex’– que corona solitaria los viñedos y se hace escudo y logotipo. Son tres blancos y un tinto ya estimados por todas las guías y concursos: el Ilex airén, floral y afrutado de persistente frescura, el Ilex macabeo, placentero equilibrio de plátano y mora en complejo desarrollo, el Ilex chardonnay, gusto rotundo de bollería, almendras y avellanas, y el tinto Ilex coupage, tempranillo, cabernet y syrah sumando a las complejidades propias la de su paso por roble. La segunda gama trabajada juega fuerte con el Baldor tempranillo, fruta roja, cítricos, pimienta, vainilla y lácteos, una auténtica ‘memoria de la tierra’, y el Baldor syrah, glicérico, untuoso, tánico, amaderado, punzante de regaliz, de cuero, y de tabaco; el primero creció seis meses en roble americano, el segundo otros tantos en roble francés. Pruébenlos, y cuando puedan, visiten la bodega antes de subir a la cima de los molinos, museo y mirador de la más honda y extensa esencia de la verdiamarilla llanura manchega. La misma por la que continúan cabalgando el mejor de los caballeros y el mejor de los escuderos. |