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Cereza, corazón de verano Junio y julio son los meses para degustarlas solas, aunque siempre nos deleitarán en pasteles y confituras, acompañando carnes venatorias o sirviendo como base de conocidos licores LUIS ANTONIO ALIAS
El cerezo silvestre, emparentado con el ciruelo, originario de casi todo el continente euroasiático, proporciona, aparte de una madera estimadísima por los ebanistas, unos racimillos de frutos oscuros, pequeños y escasos en pulpa con muchas propiedades medicinales: la infusión de los rabos posee propiedades diuréticas, y las flores o los frutos secos mejoran la circulación, alivian los males reumáticos y tonifican el corazón. Dícese que el cerezo silvestre lo popularizó en el occidente europeo el general y gastrónomo romano Lucio Licinio Lúculo, que lo trajo de Cesaronte, ciudad del Asia Menor, tras derrotar a Mitrídates, rey de Ponto. Los griegos refutaban tal pretensión y afirmaban conocerlo y usarlo como purificador de humores y fuente de zumos embriagantes desde los tiempos heroicos del bronce. Muy pronto aparecieron, de Japón a Inglaterra, variedades dulces, carnosas, crujientes, del amarillo al rojo brillante, para consumo en crudo, y variedades ácidas, entre ellas, la guinda, excelentes para mermeladas, pasteles, conservas, guarniciones y licores. Las híbridas conjugan pulposidad, terneza y tonos acidulados. Sin olvidar, no obstante sólo se trate de una convención comparativa, el auxilio descriptivo que por color, olor y sabor nos proporciona a los comentaristas de vinos. Cerezales en Asturias Que las cerezas formaron parte importante, aunque hoy apenas anecdótica, de nuestro paisaje, con muchos valles cubiertos de flores blancas al llegar la primavera, ya lo olvidaron hasta los aldeanos más ancianos. Pero así fue, e incluso se exportaron a Inglaterra, consumidora voraz. Laurante Vital, el cronista acompañante del emperador Carlos I en su arribada por Villaviciosa, anotó: «Los asturianos producen frutas como manzanas, peras, naranjas, granadas, higos, nueces, cerezas y castañas». Lo corroboran los primeros documentos testamentarios y los más tempranos contratos medievales de arriendo y venta donde los cerezales adquieren protagonismo y valor. Pascual Madoz, en su ‘Diccionario Geográfico Estadístico’, de mediados del siglo XIX, incluye sus frutos entre las producciones relevantes de muchos concejos, y la ‘Gran Enciclopedia Asturiana’ recoge los variados nombres que recibían según zona y tipo: amandesa, blanquera, cavanúas, cubares, danzas, del diantre, francesa, gayera, guñapa, garcia, mandés, martimagra, morata, mourana, picona, xixona... ¿Qué decir de una toponimia sembrada, de occidente a oriente, de La Cerezal, Cerezales, Cerecéu, Cerezaleu, Cereceda, Cerezaliz o Cereixeira? Una de las cumbres líricas asturianas, el emotivo poema ‘El neñu malu’, de José Caveda y Nava (1796-1882), reza en una estrofa: «¿Pa quién les cereces /tengo yo algamar, /y trayer a casa /ñeros de reitán, /y fer xiblatinos /y llumar el llar?». Y el ‘Cancionero’ de Torner recoge en Trubia las siguientes tonadas: «Anque to padre non quiera /cómo yo y tú nos queremos, /los dos xuntos, vida mía, /les cereces coyeremos». «A mió pá, porque yes probe, /non-y enllenes bien el güeyu, /pero xuro que con otru /les cereces yo non cueyu». «Toma, neña, esa ramina cargadina de cereces; /non puedo date otra prenda: /por eso non la desprecies». |