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| En el sabor está la diferencia La fruta asturiana de casería y quintana carece de las formas perfectas y los colores brillantes que lucen las foráneas de cultivo industrial. Pero sus intensos aromas y sabores marcan la diferencia LUIS ANTONIO ALIAS
Basta leer el fragmento del poema que Bruno Fernández Cepeda escribiera en el siglo XVIII para darse cuenta de hasta qué punto la abundancia de entonces contrasta con la actual escasez y falta de renovación y ampliación de la superficie ocupada por frutales, excepción hecha de las pomaradas sidreras que, precisamente, redujeron la presencia de otras variedades. Nuria Rodríguez Brito regenta ‘Frutas Nuria’ en la gijonesa calle de Begoña. Desde los dieciséis años trata con los aldeanos –«maestros de los que aprendí mucho»– e intenta, en la medida de lo posible, que nunca falten en su tienda los mejores frutos del campo asturiano. Pero los problemas aumentan progresivamente: «La gente que tiene fruta autóctona para vender es por lo general mayor y lo que te ofrecen resulta caro en comparación con lo que llega de Galicia, Levante o Francia. Añadamos que, incluso en igualdad de precio, una manzana, una pera o un melocotón de aquí carecen de las perfectas formas y colores que presentan las importadas, y a la hora de comprar fruta prima –por encima de sus cualidades y calidades– la estética. Aunque alimento imprescindible, cuya ausencia en los postres y meriendas de niños, sustituido por azúcares simples, causa serios problemas dietéticos, la fruta se considera elemento estético y ornamental, «donde el continente domina sobre el contenido», explica Nuria. Un ejemplo peripintado lo constituyen los deliciosos piescos, cuyo aspecto irregular y piel manchada les resta popularidad entre la gente joven. «Antes –prosigue Nuria– me bajaban muchos aldeaninos con piescos, ciruelas, carápanos; en cambio, ahora, me sobran los dedos de una mano para contarlos. Los hijos dejan las caserías, faltan cooperativas, apenas existen medios de comercialización y la mayoría de los productores consumen sus frutas en el entorno familiar». Otoño, lluvias y veranillos Este año, la seca ha prolongado la temporada de las frutas del bosque, esos deliciosos caprichos salvajes llamados moras, frambuesas, arándanos y grosellas: aún cuelgan tentadoras y veraniegas de sus arbustos recónditos para que el caminante decida volverlas mermelada, licor o guarnición de caza. Las también veraniegas ciruelas –qué ricas las de ‘coyón de fraile’– agotan las últimas presencias, en cambio la manzana, primera y principal protagonista de la estación, prometía una cosecha excepcional y el calor no le ha dejado alcanzar suficiente desarrollo. Las peras precisan que avancen los fríos, no obstante las primerizas disponibles, duras y fibrosas, resultan adecuadas para compotas y vinos. Los higos, fruto reverenciado por medicinal y alimenticio, reciben el nombre de ‘sanxuaninos’ sin se dan en verano, pero los realmente sabrosos llegan ahora en setiembre con San Miguel. De ahí lo de ‘miguelinos’. También empiezan a llegar las ácidas uvas occidentales, los aromáticos membrillos para dulce, los intensos limones, las rudas naranjas... Y los carápanos o nísperos, que «alcanzan su sazón por San Simón», es decir, el 28 de octubre, antaño tan cultivados y celebrados y hogaño a punto de perderse por completo. Merecedoras de trato específico, queden para otro momento, por sus particularidades e importancia, las avellanas, nueces y castañas. |