jueves, 11 de octubre de 2007
 


La majestuosa y mágica cepa gallega
Los albariños son, según Parker, de los mejores vinos del mundo por su «buena acidez subyacente y rica sensación en el paladar»


Carlos Iglesias

- El toque ligero y sublime de la mejor madera de roble

Leer noticias como que el ganador de una edición de los premios ‘New Wave Spanish Wine Awards’ es un albariño, o bien que el gran gurú en el mundo del vino, Robert Parker, equipara unos albariños con los mejores caldos del mundo por su «buena acidez subyacente y rica sensación al paladar», ha dejado ya de ser poco habitual.

La majestuosa cepa albariño es un patrimonio exclusivamente nuestro, cuyo suelo natural es Galicia, y más concretamente las Rías Baixas; aunque también el norte de Portugal la posee. Muy probable es que la ‘alvariña’ llegara a Galicia de la mano de los monjes de Cluny cuando éstos se instalaron en los parajes del Salnés, en Pontevedra, en el siglo XII, y desde el monasterio de Armenteira, situado en el monte Castrove, se extendiera el cultivo por todo el valle.

Lluvias y sol
La albariño puede ser considerada como una de las mejores y más refinadas uvas de Europa. De grano pequeño, tiene una capacidad asombrosa de producción de azúcares, que en años buenos llega a alcanzar el 13% de alcohol. De color amarillo-palliza, brillante, con irisaciones doradas y verdes, esta uva regala vinos de elegante exquisitez, que nos inundan con sus variados, finos y potentes aromas, untándonos la boca con el delicado equilibrio de su acidez, para dejarnos, al final, un excelente paladar; y en nariz despliegan esos aromas herbáceos y florales que recuerdan la manzana madura, el albaricoque, el hinojo o la menta.

Unos blancos que sólo tierras agraciadas por la madre naturaleza engendran, gracias a factores muy difíciles de darse ensamblados: la topografía de las tierras es llana con suelos arenosos, poco profundos y ligeramente ácidos, las precipitaciones generosas y las horas de sol similares a las zonas mediterráneas. Sus rasgos climatológicos están matizados por los valores térmicos suaves por la presencia del mar. Son vinos que se ofrecen en toda su singularidad aplastante y armoniosa. Premonitorios fueron, sin duda, los versos de Valle-Inclán: «El vino alegre huele a manzana/ y tiene aquella color galana/ que tiene la boca de una aldeana».

Desde 1998 estos blancos están integrados en la D. O. Rías Baixas que hace referencia y delimita geográficamente la región en donde tiene lugar el cultivo de esta mítica uva (cinco comarcas de Pontevedra: el Valle del Salnés, O Rosal, el Condado del Tea, Soutomaior y el Val do Ulla). En 2006, la zona de Barbanza, así como el Ayuntamiento de Padrón (Iria Flavia) y los pontevedreses de Catoira Pontecesures y Valga, lograron la vieja aspiración de alcanzar el reconocimiento muchos años ansiado para sus caldos de albariño.

Caldos de guarda
Desde la cosecha de este año la nueva Denominación Vino de la Tierra de Barbanza-Iria ampara estos exclusivos vinos de gran calidad y limitada producción, que será necesario ir descubriendo. Ya no sirve el dicho de que «el albariño no podía viajar de Galicia a la meseta» porque moría, pero el problema consistía en que ya se metía el vino muerto en botella.

En muy poco tiempo los albariños se han convertido en el ‘embajador blanco’ de un país como el nuestro, unido, casi ineluctablemente, a los tintos. Y es que de año en año ganan en calidad; aunque poco en su merecida difusión, una asignatura pendiente que resulta un tanto difícil de llevar a cabo, debido a una producción tan atomizada como la de Galicia, donde la mayor parte de las bodegas apenas si elaboran unos pocos miles de botellas. Si bien es cierto que los esfuerzos que se llevan a cabo parecen barruntar un significativo mejoramiento de este aspecto, al abrir mercados nacionales e internacionales. Tan importante como el trabajo de campo o de lagar es el que el producto se encuentre en el lugar justo donde el consumidor esté dispuesto a conocerlo.

Los albariños son vinos que se pueden guardar durante muchos años sin otro requisito que una buena elaboración, adecuada crianza en depósito y botella; algo en lo que los elaboradores han caído en la cuenta recientemente. Los albariños hay que tomarlos con un par de años al menos. Al cabo de este tiempo tiene que mostrar todo su auténtico valor y llegar a codearse, sin ningún tipo de complejo, con los blancos del Rin, los riesling o pinot gris, sin barrunto alguno que haga distorsionar su complejo buqué.

Maceración carbónica

Como Lusco –como un excelente riesling seco; toda una revelación–, en sus dos versiones, la normal y el Pazo de Piñeiro, un concentrado de albariño para esconder en el último rincón de la bodega por si entran las tentaciones de consumirlo antes de tiempo. A esa categoría pertenece el Do Ferreiro Cepas Vellas. De gran expresividad son los caldos de Pazo de Señorans, Pazo de Barrantes, Morgadío, Veigadares, Fillaboa, Namorío de Valdamor o el Mayor de Mendoza.

Adegas Galegas con su Don Pedro de Soutomaior ha conseguido atesorar prestigiosos premios internacionales como el primer puesto en el Albariño Cambados; su originalidad es mantener una alta acidez, algo que se expresa al primer sorbo pero, sobre todo, que se busca para hacerlos duraderos. El Organistrum de Martín Códax se mantiene en su línea siempre sobria y fiable. Es un vino ejemplar el singular Condes de Albarei Enxebre, elaborado con uvas muy maduras de las cepas más viejas, y por maceración carbónica con los racimos enteros.

Mar de Frades se presenta aromático y exótico blanco, cargado de complejidad y personalidad. Y Bodegas Santiago Ruiz ofrece vinos que surgen de la combinación de las mejores variedades autóctonas, sobre todo la albariño, con toques de Loureiro y la treixadura que lo perfuman de heno, de laurel, de cítricos, manzana y hierbabuena. Vinos pálidos de paladar elegante, intenso y permanente, y de una fina acidez.