Vinos de la villa y corte
Los Vinos de Madrid no son una curiosidad, ni un capricho, ni una anécdota; poseen larga historia, afirmación creciente y futuro prometedor
LUIS ALÍAS
El
Rincón
Un vino Syrah con leve toque garnacha y diez meses de barrica que elabora el Marqués de Griñón en su palacio de Aldea del Fresno. |
Viña Bosquera
Madrid se apunta al sello ecológico, y éste, golosos, afrutado, fresco, sin o con crianza, entra y sienta de maravilla. |
El Regajal
Vino intenso y complejo que pasa de frutas rojas y negras a especies y persistencias tras trece meses de barrica. |
Blanco
J. Díaz
Aromático, ligero, frutoso, con la acidez equilibrada e integrada, y el agradable punto amargo de la uva Malvar. |
Puerta
de Alcalá
Joven, crianza y reserva, estos tres tempranillos carnosos afrutados y placenteros oscilan entre 2,50 y 4,90 euros. |
En 1984 se presentó publicamente la Denominación Específica Vinos de Madrid. Y sorprendió. Tanto que algunos la creímos parte de los rituales desenfadados y ocurrentes que promovía la movida, por aquel entonces pletórica de imaginación y efervescente de creatividad.
Pero cuando en 1990 recibieron la Denominación de Origen, y ya visitados unos cuantos viñedos y bodegas, nada nos pareció más lógico, fundamentado y justo.
Modifiquemos las perspectivas y evitemos centrar el topónimo en la megalópolis caótica, viva y mestiza del Prado, la Gran Vía, los ministerios, las sedes multinacionales, las circunvalaciones y los barrios con mayor extensión y población que Gijón u Oviedo. Enmarcando esta red urbana se extiende una homónima comunidad con norte serrano y boscoso de influencia atlántica, y sur suave y manchego de influencia mediterránea, que posee una naturaleza variada y generosa.
Madrid tiene sus vinos
Excelentes en bastantes casos. Y en algunos excepcionales. No son capricho reciente. Antes que Felipe II hiciera a la villa capital de todas las Españas, antes incluso que los musulmanes amurallaran la pequeña aldea llamada Magerit, o que los visigodos la consideraran cruce de caminos estratégico y central de Hispania, ya crecían uvas de origen indígena, fenicio y romano a lo largo de las riberas del Tajo, del Tajuña, del Alberche, del Henares, del Jarama o del Manzanares. La abundancia de agua y de vegas fértiles, de benéficos aires serranos y de temperaturas contrastadas, daban las mejores alas a la agricultura: en los siglos XI al XII, el patrono de Madrid y de los labradores, San Isidro, cuidaba viñedos con ayudas angelicales.
Una larga historia
La realidad viticultora madrileña cuenta no menos de dos milenios de existencia, aunque las constancias documentales comienzan en el siglo XIII con escrituras de propiedad, donación y herencia. Y con conflictos: Alfonso XI el Justiciero arbitró una disputa entre nobles y monjes por unos viñedos cercanos a San Martín de Valdeiglesias.
Precisamente fueron los vinos de este municipio, situado al suroeste de la capital, con las estribaciones de la Sierra de Gredos y el valle del Alberche proporcionando favorables tierras arenosas, adecuados vientos y oportunos contrastes térmicos, los que adquirieron las mayores famas y cotizaciones.
Una carta que los dignatarios de la villa de Madrid envían a los de la ciudad de Burgos establece que ‘los burgaleses que acudan por vino vengan cargados de pescado; y si no lo truxeren no llevarán vino’, acreditando así su condición de bien exportable y de moneda de cambio.
Viñas en calles
y avenidas
Pero además de las cepas y racimos que apadrinaban los vinos corpóreos de Arganda y los ligeros de Navalcarnero, que con Valdeiglesias constituyen las actuales tres subzonas, las cepas crecían un poco por todas partes, llegando a los arrabales y huertas interiores de la creciente villa.
Resultaba necesario regular un comercio caótico y saturado: en 1495 los regidores municipales intentaron impedir la continua llegada de pellejos y vasijas, y la libre actuación de los regatones, dado que ‘de fuera se mete mucho vino estando abastada la Villa’. Los regatones, comerciantes especializados del ramo, compraban directamente a los pequeños productores y distribuían el preciado líquido por mesones, fondas, domicilios y –lejanas precursores de las vinacotecas– cuevas y botillerías.
Aliento de plumas
y espadas
Con los siglos XVI, XVII y XVIII el poblachón se transformó en urbe y el modesto municipio en capital ya no del reino, también del mayor imperio mundial. La demanda multiplicó entonces la producción sin generar más problemas que los de orden público: cientos de aventureros y soldados vagaban de mesón en mesón antes de alistarse o recién llegados de Flandes, otros tantos pícaros se buscaban la vida por el menor esfuerzo, y la pléyade de escritores y artistas que dieron quilates a nuestros Siglos de Oro pudieron inspirarse con las bondades de los vinos ‘preciosos, caros o reales’ de San Martín, joyas de la corona. Y con los de Alcalá de Henares, Alcobendas, El Álamo, Arganda, Barajas, Cadalso, Getafe, Fuencarral, Navalcarnero, Parla, Pelayos, Pinto, Torrejón, Torrelaguna y los de la propia ciudad: en 1665 seguían sesenta y tres cosecheros plantando y produciendo por donde se alzan el Bernabeu, el Pirulí o los Nuevos Ministerios.
Decadencia y resurgimiento
En 1914 aparecen, precisamente en San Martín de Valdeiglesias, los primeros casos de filoxera que rápidamente acaban con el albillo y la tinta del país en toda la provincia. La recuperación obliga a comenzar de nuevo e importar castas, con la garnacha y el tempranillo dominado las tintas, y el albillo y el malvar las blancas. Pero las adversidades vitivinícolas se suceden: la competencia de Rioja y La Mancha borra glorias y recuerdos; el progreso cambia plantíos por urbanizaciones, pistas aeroportuarias, zonas industriales y polígonos comerciales; los graneles terminan llenando botellas anónimas o con etiquetas de compromiso.
Y de pronto, tras la resistencia de unas pocas bodegas y de unos pocos enólogos, se logra renovar, modernizar, regular, atraer inversiones y conseguir lo que hoy ya es un gozoso presente: una denominación de origen con tres subzonas diferenciadas, de Oeste a Este San Martín de Valdeiglesias, Navalcarnero y Arganda; un total de ocho mil hectáreas de viñedo; unos tres millones de litros comercializados jóven, crianza, reserva y gran reserva (si la D. O. inició andadura en 1990 el primer crianza apareció en 1992); unos tintos, rosados y blancos cálidos, carnosos, golosos, complejos, y con una relación calidad precio muy interesante.
Un cocidito madrileño, unos callos tipo Lardy, una rosca de vacuno del Guadarrama o un queso de cabra de Campo Real armonizan doblemente con un vino complutense. O una fabada, un pote, un bacalao, una carne roxa y un gamonéu.
Basta desprejuiciarse y abrirse.
José I. Álvarez ‘Nacho’ de
Los 3 sentidos.
Madrid Tagonius Crianza
Conocí los Vinos de Madrid hará una década. Como aprendí de mi abuelo y de mis padres, de quienes heredé el deseo de buscar exclusivas que interesen de manera individualizada a nuestros clientes, la Denominación no se libra de dificultades, especialmente su origen y carácter innovador. Pero cuando probé el Tagonius, o los Tagonius (nombre latino del río Tajuña), supe que debía darlo a conocer por merecimiento propio, independientemente de que sea el primero de su denominación que alcanza 95 puntos (Tagonius Gran Vino 2003), 91 puntos (Tagonius Roble 2005) y 90 (Tagonius Crianza 2004) en las puntaciones de Robert Parker.
Nota de cata: Color picota intenso. Aromas de especias (clavo, pimienta), madera (turba, ahumados), frutos negros, cacao. Final balsámico. En boca es carnoso, con un tanino maduro y un final largo de magnífico recuerdo.
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Ramón Coalla de Coalla Gourmet
Grego Roble
Hará unos doce años que conocí la Denominación de Origen Vinos de Madrid y les vi sobradas cualidades. Al principio, me encariñé con algunos vinos de autor, pero resultaban caros y la procedencia, desconocida y paradójica, restaba posibilidades. Hará cuatro años me decidí por este Grego Roble de Bodegas Jeromín, en la subzona de Arganda, que desborda virtudes a un precio (7,60 euros) ajustado. Los propietarios creyeron que traerlo a Asturias sería capricho pasajero: por entonces, sólo lo vendían en la capital y –eso sí– en medio mundo, de EE.UU a Japón. Hoy lo ofrecen cartas y vinaterías».
Nota de cata: Color picota fuerte con ribete violáceo. Aromas finos y complejos de frutas silvestres (mora) y flores (violeta) junto a hierba fresca, carbón, tabaco y especias varias. Carnoso, tánico y con un final delicioso y persistente.
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