jueves, 8 de septiembre de 2005
 

Cuando un higo es algo más que un higo

Francis Ponge: «El higo es una manera de ser que corresponde a una ética y a un arte poético. Eso es un higo para mí».


CARLOS IGLESIAS



Todos los cuadros en los que aparecen alimentos contienen, explícita o implícitamente, referencias a la existencia humana en las que se pueden rastrear las convenciones sociales que, en muchas ocasiones y de una forma sutil, subyacen en la cultura de la mesa.
Este trozo de un cuadro de Frans Snyders (1579-1657) pertenece a una composición amplia, decorativa, de tonos saturados, luminosos y contrastados que, en principio, a cualquier espectador actual no le plantearía, pensamos, ningún problema de carácter moral. Sin embargo, en su época, y en círculos muy extendidos, se consideró como algo obsceno, indigno de una representación que pudiera ser pública. No estaba, por supuesto, la obscenidad en la opulencia representativa de los productos expuestos, signo evidente de la nueva clase social ascendente, la rica y ostentosa burguesía (en el mercado de Nuremberg del siglo XVI abundaban los productos de caza y pesca: liebres, faisanes, patos salvajes, lucios y truchas. La volatería, los huevos y la leche procedían del campo; y se compraba toda clase de frutas: dátiles, higos, uvas pasas, manzanas, peras, melocotones, granadas y naranjas; y no escaseaban las espinacas tiernas, lechuga, apio, hortalizas, perejil, judías, nabos, rábanos, chirivías y calabazas…)

No. El problema moral es esa joven que ofrece un higo a un caballero que retorna de una cacería. El problema es el higo y todas las connotaciones que tras de sí arrastra, sin perder de vista, por supuesto, la representación misma de los dos personajes.
Y la primera pregunta que cabe hacer es: ¿tan obsceno es un higo?
Pues, sí, parece que lo sea.

El higo es un fruto que procede del Oriente Próximo, su cultivo se inició en Arabia meridional, desde donde se difundió hacia oriente y occidente. Higos fósiles se han descubierto en depósitos terciarios y cuaternarios en Francia e Italia, lo cual atestigua su antigüedad.

Un fruto que en todas las culturas antiguas fue muy apreciado y que tuvo, en casi todas, una relación con el sexo. En Egipto, por ejemplo, cuando Isis intenta juntar los catorce pedazos en que había sido cortado Osiris, su hermano-esposo, no encuentra su pene y para sustituirlo le agrega un falo de higuera chumba; una vez completo vuelve Osiris a la vida, monta encima de él y engendra a Horus. También en los festivales de Príapo el higo está presente: se llevaban falos de madera de higuera junto con canastas repletas de higos. El higo, por su forma, simbolizaba el útero de la Diosa Madre.

Y en la actualidad así lo ve una poetisa. «No lo sé, no lo sé, temo al higo /temo su rara piel /mas lo he sentido en mí /Temo a los hombres higo y a las mujeres higo /temo el sabor de la fruta vedada.» Y un poeta nos ofrece esta «Propuesta del higo»: «Te propongo /la dulzura del higo, /su carne sonrosada, /replegada y húmeda/como un animal marino. /Goza el misterio de este fruto, /su textura de molusco,/su íntimo tamaño. /Tersa, /su pulpa /apremiará el deseo /de tu lengua.»

Y volviendo al cuadro de Snyders y a las causas de su censura, posemos una desinteresada mirada sobre él. Está el higo y está ese rostro de la joven (quizás pintado por Rubens), henchido de suave sensualidad, con mirada suplicante y enajenada en el rostro tierno y delicado del joven. No hay motivo alguno, en la escena, que dé a entender que aquí se está llevando a cabo una genuina transacción económica. No coge la mano de una vendedora el higo con ese delicadeza, con ese dedo meñique ligeramente alejado del resto que intenta con pudor rozar la mano del joven. No pone una vendedora esos labios entreabiertos y carnosos que, como el higo, se ofrecen con recatado pudor.

No puede, pues, extrañarnos que el cuadro de Snyders pudiera ser considerado como obsceno, y que hoy nos alegre y reconforte la vista.
Evidentemente, un higo es algo más que un higo.