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La última cena
««Arroz caldoso de langosta catalana de roca, salmonetes de Garrucha a la plancha, gambas de Huelva, ostras y percebes gallegos, ostras fines claire francesas, oricios de Cádiz y nécoras de Asturias» (Javier Reverte)
CARLOS IGLESIAS
Ya en 1568 G. Vasari decía sobre este fresco de Leonardo: «Y temo me falten las palabras para describir esta Cena, cuyo primor es tal, que en todo aquel que la contempla despierta profunda admiración». Muchos meses le llevó a Leonardo este trabajo, quizás también debido al buen yantar y al buen beber que en el convento había. Una opinión técnica a la que sería necesario añadir todas las connotaciones que esta escena tiene. Después de una larga restauración de 21 años, una fotografía del fresco, colgada en Internet logró batir record de visitas, sin duda la novela ‘El código da Vinci’ y elucubraciones parecidas tuvieron mucho que ver en este éxito.
La Santa Cena es uno de los motivos más representados a lo largo de la historia de la pintura; en ella encontramos el clímax de la vida terrena del Salvador. Jesús, en una comida postrera, ofrece su propio cuerpo (su carne y su sangre convertidos en alimentos simbólicos) para salvar la Humanidad: «Y tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Esto es mi cuerpo, que es entregado por vosotros. Haced esto en memoria mía».
Todo un símbolo que trasciende los significados puramente religiosos que tiene. Escogemos una comida como acto terminal de nuestra vida, y en él debe estar condensado nuestro mayor y querido deseo, o bien tener un significado vital trascendental. Para Hrdlicka, declarado marxista y ateo, el hecho de que no haya mujeres en el fresco supone que los apóstoles debían aplacar su ardor sexual por otros medios. «Ya Leonardo (Da Vinci) tenía la opinión de que el círculo de los apóstoles se mantenía unido gracias a la erótica homosexual», declara el artista. Una exposición de sus obras, según Hrdlicka, es una reflexión de que todo el poder, tanto en el arte como en la religión, proviene de la carne.
Y en carne se convierten también las respuestas de una serie de grandes cocineros y buenos comedores, ante la pregunta: ¿Qué le gustaría comer el último día de su vida? Unas respuestas que no tienen desperdicio alguno.
Ferran Adrià contesta: Un menú degustación a base de marisco preparado de diferentes maneras, al estilo del restaurante Kiccho, en Kioto (Japón). Bambú con un surtido de sashimi; langostinos con tozu; sopa de almejas, sésamo y algas; fugu asado; vieiras con miso y tarta de almejas; nabo daikon con oreja de mar y lechuga sansho; tagliatelle kuzu con jengibre fresco rallado y una montaña de patatas… De postre tomaría algo que nunca he probado: fruta del Amazonas. Acompañaría la comida con un espumoso, tanto cava como champán; y pondría música de fusión, la misma música bereber que escuché en el restaurante Yacout de Marraquech, acompañado de mi familia y mis amigos.
Javier Reverte celebraría su última cena en una terraza solitaria sobre el Mediterráneo, un día de finales de abril, e invitaría a Dios y al diablo, para negociar con ellos cuál me ofrece mejores condiciones de cara a la eternidad. Sonarían violines en la lejanía, tocando algo dulce e irreconocible. Y menú sería: arroz caldoso de langosta catalana de roca, salmonetes de Garrucha a la plancha, gambas de Huelva, ostras y percebes gallegos, ostras fines claire francesas, oricios de Cádiz y nécoras de Asturias. Añadiría caviar iraní a cucharadas (como de cuarto kilo) y una becada estofada en Donosti. Luego retaría a Dios a la ruleta rusa, para que se vaya enterando de lo desagradable que es la idea de la muerte. A buen seguro que Reverte no probó nuestros oricios.
Juan Mari Arzak no pondría ninguna música porque me distrae, pero en el momento de morir me gustaría escuchar al Coro del Orfeón Donostiarra dirigido por Nicola Sani, y Elena Arzak escucharía la ‘Marcha de San Sebastián’ de Raimundo Sarriegui. Juan Mari. Elena comería una rodaja muy fresca de merluza a la plancha, chipirones con mermelada de cebollas caramelizadas y unas patatas con trufa, el postre sería una tableta de chocolate al 70% de cacao. Juan Mari empezaría con flor de huevo y tartufo en grasa de oca con chistorra de dátiles; luego, lomo de merluza en salsa verde con almejas y algún tipo de ave. De postre, el queso blanco del restaurante Arzak.
Bigas Luna la celebraría en su casa del Camp de Tarragona, rodeado de burros y gallinas. Primero cenaría a solas, luego haría de anfitrión para 12 mujeres, todas sentadas y mirándole, con sus pies descalzos metidos en 12 barreños de agua caliente. Ninguna hablaría, sólo escucharían mientras explica los platos: un té chino bleu vert, de Mme. Tcheng, y un pedazo de manzana; lechugas de mi huerto con aceite de oliva, espinacas al vapor y un plato de jamón de cerdo feliz. Compota de manzana con yogur griego, unos trozos de cacao puro y orujo blanco. A ellas, en lugar de cacao, les daría chocolate de Paco Torreblanca, servido en un pezón.
Michelle Bernstein (Michy's Social Sagamore en Miami, y Social Hollywood en Los Ángeles) comería una docena de ostras con limón, media de Island Creek y media de Kumamoto, y luego caviar cubierto de nata y tortitas de patata hechas por mamá. Tomaría también espárragos como los que comió en un bar de tapas de San Sebastián, a temperatura ambiente y cubiertos con alioli; foie a la plancha cubierto con una capa de trufas recién cogidas, como lo prepara Alain Ducasse en su restaurante de Mónaco. Después, langosta cocida al estilo de Gary Dankos.
Jean-Georges Vongerichten (Nueva York, Chicago, Las Vegas, Houston, Londres, Bahamas…) tomaría vinos de Alsacia como el Tokay Pinot Gris, porque marida muy bien con la comida asiática. Habría bailarinas al son de la música thai. Se imagina un banquete real en el Gran Palacio de Bangkok, donde se alojaba el rey. Éstos son algunos de los platos que se servirían: atún; tapioca con chile; rollitos asiáticos con langosta, pera, pepinillos y salsa sriracha; ensalada de calamares; papaya, jengibre y anacardos; pollo asado al carbón con salsa de limón y kumquant; pato al curry; arroz frito con jengibre, y fruta exótica.
Y por último una cena bien significativa de lo que es ‘parte’ de nuestro panorama social actual. Una cena fantasma en la que todo es ‘felicidad’. Sería la cena de Esther Tusquets en ‘Le Grand Vefou’, por lo bonito del local y por los ratos felices que ha vivido allí. Invitaría a muchos amigos, unos treinta, a condición de que nadie supiera el motivo de la cena. Para no pedir coca-cola, se refugiaría en un discreto Moscato d'Ásti. Se contarían cosas divertidas, que hicieran reír a todos, y les manifestaría cuánto les quiere (a unos más que a otros, claro; porque en su última noche, uno puede desp
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