|
||||
| SIDRERIA MARISQUERIA GERARDO De buen grado Una sidrería familiar y de barrio con sobrada ciencia y excelente salsa LUIS ANTONIO ALIAS
Ya saben, las amistades aconsejan y condicionan muy por encima de estas páginas o de la más preciada de las guías, que del «tovía non fuiste, pues cómese de maravilla» o «voy llevate a un sitiu que va a encatate» resulta difícil escapar. Supongo, por lo de manejar porcentajes equilibrados, que un tercio de las veces lo agradecemos, otro tercio ni fú ni fá, y el último recordamos cuanto mejor están las lentejas con chorizo guardadas en el frigorífico. Lo que sí tengo claro es que esta sidrería de barrio, radicada en el creciente extrarradio septentrional ovetense, mezcla de antiguas casas baratas y carísimas casas modernas, y que preside la venerable perfección iluminada de San Julián de los Prados, figurará no ya sólo en el primer tercio –gracias Avelino por revelármela–, también en mi libreta personal. De los cocidos madrileños, las fabadas, las paellas, y demás platos de cuchara que los actuales tiempos invernales promueven, y de los mariscos vivos, poco he de decir excepto que no tienen otro truco que la materia escogida y el punto acertado. Déjenme entonces destacar las almejas con verdura, donde la indiscutible calidad del bivalvo queda elevada por una salsa caldosa de puerro, zanahoria, cebolla, pimiento, repollo «y lo que la temporada ofrezca», y donde la alegría de la guindilla contrarresta el dulzor vegetal, quedando agradecido el paladar de tan reconfortante contraste. Igual mención merecen los lomos de merluza en salsa de pimientos, a modo de americana con sabor huertano, que cubre y saboriza la fresca blancura del pescado. El ‘frixuelu’ de solomillo en salsa de trufa, créanme, provocaría dudas de fe, con su presencia y aroma, a curtidos vegetarianos: paladear el rojo vacuno, acompañado de setas y jamón, y envuelto por un hatillo de ‘frixuelo’ jugoso y suave, sin olvidar la salsa perigordina reducida con vino de madera, produce un enérgico goce. Disfruta disfrutando, y cerrando faena, el tronco de chocolate y nata, y el soberbio helado de dátil, dejan nostalgia al racionarme mi mujer el dulce. Resumiendo, un chigre de barrio con bemoles de centro que dirige una familia donde el vínculo contagia simpatías y no disminuye atenciones. Gerardo, moscón de San Salvador de Ambás, estudió en el seminario, trabajó la hacienda familiar, y dado que sintió desde pequeño la llamada de los fogones, adquirió saberes por escuelas tan acreditadas como La Gruta o Casa Conrado. Ya jefe de cocina en La Campana, comenzó a sentir «el deseo del lugar propio al contar con Sara, mi mujer, valdesana de intenso dominio marinero, y con mis dos hijos, oficiales interesados y formados». Observo que la mayoría del público, tras pagar, reclama y saluda cordialmente a Gerardo. «El que entra una vez, siempre repite, y pasa a cliente amigo», comenta Alejandro. Pienso apuntarme. |